Tres voces, un solo nombre: Álvaro Cardona-Hine

Tres voces, un solo nombre: Álvaro Cardona-Hine

Autor: José Ortiz · Follow // Tiempo de lectura 7 min

Hay nombres que uno encuentra por accidente y que después ya no se pueden olvidar. Andaba yo revisando libros ilustrados de los años setentas y me topé con Words on paper, con un apellido doble que no reconocí de inmediato: Cardona-Hine. Sabía de Alfredo Cardona Peña, el poeta que fue amigo de Diego Rivera y que escribió sobre él con una devoción profunda. Lo que no sabía es que tuvo un medio hermano que se le escapó de las manos a la historia literaria de este país: Álvaro, nacido también en San José, en 1926, que se marchó de niño y terminó siendo, al mismo tiempo, poeta, pintor y compositor en Estados Unidos, sin que nadie aquí se acordara demasiado de reclamarlo de vuelta.

Me quedé pensando en eso. En cómo un país puede perder de vista a uno de los suyos simplemente porque decidió irse a los trece años y nunca volvió a instalarse del todo en el mapa oficial de "lo costarricense". Cardona-Hine venía de una familia donde escribir no era una opción sino casi un destino: su abuelo fue uno de los primeros novelistas del país, su padre publicó un libro pasados los setenta años, como si en esa casa la escritura fuera una cita que uno cumple tarde o temprano. A los trece se fue con su familia a Los Ángeles. Ahí aprendió inglés, empezó a tocar piano casi por instinto, y confesó después que fue siempre un rebelde autodidacta: abandonó los estudios formales de música para aprender a su manera, mientras que la poesía —esa la traía ya, escrita desde los dieciocho años en su Costa Rica natal— nunca tuvo que aprenderla.

En Los Ángeles encontró una tribu. Con los poetas Gene Frumkin, Stanley Kiesel y Fred Franklyn fundó un grupo denominado: los Incognoscenti. De ahí salió, en 1961, “The Gathering Wave", un cuadernillo de cuarenta y ocho haikus con dibujos suyos que hoy los coleccionistas persiguen por su calidad.

La pintura le llegó tarde, a finales de los sesenta, como una segunda vocación que tocó la puerta sin pedir permiso. Fue también la década en que conoció a Barbara McCauley, quien sería su compañera de vida y de oficio. Juntos se mudaron a Nuevo México y, en 1988, abrieron su propia galería en el pueblo de Truchas: un gesto que en su momento tenía algo de temeridad, exhibir y vender la propia obra por fuera del circuito tradicional, adelantándose sin saberlo a una práctica que hoy nos parece de lo más normal entre artistas independientes.

De esos años son sus paisajes marroquíes, quizás lo más reconocible de su pintura. Cardona-Hine viajó a Marruecos y quedó marcado por lo que él mismo describió como algo "antiguo, distinto y grande": camellos, mezquitas, cigüeñas paradas sobre castillos de adobe que gritan al cielo, cementerios casi invisibles y torres que huelen a rosas. No pintó Marruecos por nostalgia turística. Lo pintó, según sus propias palabras, para celebrar el misterio. Y ese verbo —celebrar— me parece la clave de todo lo que hizo: no ilustró temas, los festejó.

Durante su vida desarrolló una pintura de raíz expresionista-abstracta pero ajena a cualquier escuela o sistema cerrado, coherente con su condición de autodidacta y con su formación paralela como poeta y músico. Su obra se mueve libremente entre la abstracción pura y la figuración —paisaje, marina, bodegón, figura y temas míticos conviven sin jerarquía—, y encuentra su eje no en el tema sino en el color, que el propio artista describía como "la manera no dicha de celebrar todo". De ahí una pincelada suelta y gestual, más intuitiva que calculada, que privilegia la emoción inmediata sobre la construcción racional de la imagen.

Su bibliografía asusta un poco: más de treinta libros entre poesía, prosa, ensayo y traducción. Ahí está “A History of Light”, probablemente su título más conocido, y “The Curvature of the Earth”, un poemario compartido con su viejo cómplice de los Incognoscenti, Gene Frumkin, publicado por la Universidad de Nuevo México. Tradujo también al inglés la obra de su hermano Alfredo, tendiendo sin proponérselo un puente entre dos países, dos idiomas y dos maneras de ser costarricense que nunca dejaron de conversar entre sí, aunque fuera a la distancia.

Y estaba la música, la disciplina que él mismo llamó la más difícil, pero también la más gratificante. Una orquesta sinfónica en Michigan estrenó una elegía suya, escrita en memoria de un amigo muy cercano que se había quitado la vida. Algo digno de rescatar: un hombre que, frente al dolor más hondo, no se quedó callado sino que le buscó en la música una herramienta para aplacar su dolor. Esa es, me parece, la definición más honesta de lo que significa ser artista.

Ilustración para The Gathering Wave, 1961

Murió el 28 de agosto de 2016, en su casa de Truchas, a los ochenta y nueve años. Lo que más se repite en las notas que circularon entonces no es una lista de logros, sino un adjetivo: generoso. Maestro incansable de artistas y aficionados sin cobrar ni esperar nada a cambio. Barbara siguió después exhibiendo la obra de ambos, sosteniendo esa galería que fue, en el fondo, la casa que se construyeron juntos.

Hay algo casi extraño en sostener con la misma entrega tres oficios distintos durante seis décadas, sin que ninguno le robara terreno a los otros. Cardona-Hine no fue un poeta que también pintaba ni un pintor que de vez en cuando rimaba algo. Fue, simultáneamente y sin jerarquías, las tres cosas. Y fue, sobre todo, un puente: entre Costa Rica y Estados Unidos, entre el español y el inglés, entre una tradición familiar que le tocó en suerte y una obra que terminó por no parecerse a la de nadie más.

Su nombre aparece hoy con más frecuencia en catálogos de arte estadounidenses que en los manuales de nuestra propia historia literaria y creo que es justo volver a mirarlo: no como el hermano del otro Cardona, sino como lo que fue, un hombre que nunca tuvo que elegir entre sus tres voces porque simplemente no sabía vivir con una sola.

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1 comentario

Me parecen muy interesantes las pinturas. Dan ganas de ver más. Tal vez Mario, Antonio o algún otro Cardona tenga algo. Trataré de averiguar.

Carlos Francisco Echeverria

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