Todavía huele a pintura

Todavía huele a pintura

Autor: José Ortiz · Follow // Tiempo de lectura 7 min

Hay algo fascinante en el hecho de que una lata de aerosol intervenida por un artista urbano como Futura 2000 pueda alcanzar cifras de cinco o seis dígitos en una subasta. Y lo que me parece aún más interesante es que artistas más jóvenes como Mr. Brainwash o Nelson de la Nuez vendan sus piezas por encima de los mil dólares. Es un fenómeno llamativo y que poco a poco está recibiendo atención por parte de los coleccionistas.

El mismo objeto que durante décadas fue evidencia de un delito, hoy reposa bajo vitrinas de acrílico, catalogado, certificado y revalorizado. La pregunta no es si eso está bien o mal, la verdad sea dicha, el mercado del arte nunca ha necesitado permiso moral para funcionar. Lo importante es qué nos dice esa transformación sobre la naturaleza del arte urbano, sobre sus límites y sobre sus orígenes.

Conviene empezar por lo material, antes de entrar en el territorio de los símbolos. La lata de spray intervenida como objeto de arte no es exactamente un fenómeno nuevo, pero sí uno que ha experimentado una consolidación acelerada en los últimos quince años. Comenzó como un gesto lateral, con artistas que pintaban o customizaban sus propias latas vacías como souvenirs o piezas de exhibición paralela, pero poco a poco se ha convertido en un subgénero con sus propias convenciones, sus propios exponentes canónicos y sus propios récords de mercado secundario. La lata ya no es solo el instrumento: es el lienzo.

Muy alejado de las intervenciones artísticas sobre esculturas de vacas, botellas de vino o zapatos, este intervenciones tienen sentido, ya que de algún modo enlazan el instrumento, en este caso, la lata de spray, con la calle. Walter Benjamin hablaba del "aura" como aquello que una obra de arte posee en razón de su existencia única en un tiempo y lugar determinados. La paradoja del graffiti y del arte callejero es que operan bajo una lógica inversa: su existencia es deliberadamente efímera, no aurática, expuesta a la lluvia, a los que tratan de taparla compulsivamente y a la fotografía masiva. El muro, por definición, no es musealizable. La lata, en cambio, sí lo es. Y en ella, de alguna forma, sobrevive la huella del gesto que de otro modo desaparece. Esto explica parte del deseo que genera la lata intervenida entre coleccionistas: no solo es una obra de arte portátil, sino un objeto que condensa la materialidad del proceso.

Cualquier discusión sobre latas intervenidas como objetos de colección tiene que pasar, inevitablemente, por los nombres que construyeron el lenguaje. No los más cotizados en el mercado del arte institucional —ese listado lo encabeza Banksy con una distancia abismal— sino quienes dieron forma a la cultura desde adentro.

Primero, hay que mencionar a Futura 2000 (Leonard McGurr), una figura fundacional del grafiti abstracto neoyorquino. McGurr pasó de los vagones del metro en los setenta a las colaboraciones con The Clash y Levi's. Sus obras en aerosol sobre tela superan regularmente los cien mil dólares en subasta, y sus latas intervenidas han pasado de ser objetos de intercambio entre la comunidad a piezas codiciadas por coleccionistas europeos y asiáticos. Representa el puente más claro entre la calle y el museo.

Por otra parte Cope2 (Fernando Carlo) es uno de los últimos reyes del Bronx en activo, su estilo de letras en wildstyle es inmediatamente reconocible. Las latas que Cope2 interviene cargando su tag y sus burbujas características son objetos de deseo en el circuito de coleccionistas de grafiti "puro", donde la autenticidad callejera manda sobre el precio de mercado convencional.

Y, completando esta trilogía se encuentra el que quizás sea el artista más conceptualmente coherente del arte urbano estadounidense: Barry McGee. Este artista ha convertido la lata vacía en elemento escultórico recurrente de sus instalaciones. Sus piezas incorporan latas de aerosol, botellas de licor y materiales de desecho urbano como lenguaje propio.

Nelson de la Nuez: Spray Can Sculpture: Painting the Town Pink image 1

Spray Can Sculpture: Painting the Town Pink, Nelson de la Nuez

El fenómeno no es exclusivo de la escena estadounidense. La misma lógica que llevó a Futura 2000 del vagón de metro a la sala de subastas, se ha reproducido a su propio ritmo en latinoamérica, donde el aerosol encontró también una cultura dispuesta a tomarlo con seriedad.

En Costa Rica, las latas intervenidas tienen una historia relativamente reciente. Artistas como Mush o KAM imprimen su estilo propio con el wildstyle y el tag,  confiriéndole a su trabajo carácter e identidad. Otros artistas como Dous han hecho de la lata su lienzo y con gran destreza técnica han transferido todo su simbolismo de las paredes al metal.

Sus obras se relacionan con los sueños y evidencian su interés en nuestra posición como parte del cosmos, algo relevante hoy en día, ya que muestra su deseo de que su obra exponga temas más allá de lo que tradicionalmente a abordado el arte urbano.

También artistas como Ele y Sneaky Swirls han logrado desarrollar un simbolismo que plasman en las latas vacías y que, poco a poco,  se han convertido en souvernirs para las gente que los visita y participa de las actividades que realizan.

Sin importar cual fue su génesis, la lata de spray intervenida llega a convertirse en un instrumento de comunicación y poco a poco, su mensaje comienza a atraer a quienes antes la ignoraban o perseguían.

Si hay algo que el fenómeno de las latas intervenidas revela sobre el arte urbano en su conjunto es que la cultura callejera ha desarrollado, con el tiempo, una capacidad de reflexión sobre sus propios materiales y su propia historia que no tenía en sus orígenes. Esa capacidad reflexiva es, quizás, la señal más clara de que el arte urbano ha madurado como práctica. No en el sentido complaciente de que ha "llegado" al museo —el museo nunca fue la meta— sino en el sentido de que ha comenzado a interrogarse a sí mismo con la misma energía con que interrogó a su entorno.

Al final de cuentas lo que queda en la lata no es la cultura sino su rastro material: una lata bajo vitrina que todavía huele a pintura, que transpira el olor de la madrugada. Que ese olor incomode en una sala de subastas no es una contradicción del arte urbano, es el grito que nos recuerda que el arte urbano sigue vivo.

Regresar al blog

Deja un comentario

Ten en cuenta que los comentarios deben aprobarse antes de que se publiquen.

Publicidad