Mujer con gato: Bertheau en una obra
Autor: José Ortiz · Follow // Tiempo de lectura 7 min
Hay obras que no se buscan, simplemente, aparecen. Una mujer sentada en posición de loto, la cabeza inclinada, los brazos curvados sobre un gato negro que descansa en su regazo. Nada ocurre. Y sin embargo, algo sucede.
No es una de sus marinas de Golfito, ni uno de sus interiores de casona. Es algo más raro y, creo, más honesto: una figura humana en el territorio de lo privado. El tipo de obra que Bertheau no siempre se permitió, pero que, cuando ocurrió, revela una artista distinta a la que nos enseñaron a conocer.
Margarita Bertheau Odio nació en San José el 13 de mayo de 1913 y murió en Escazú el 21 de noviembre de 1975. Esos sesenta y dos años contienen una biografía tan intensa como discontinua: niña prodigio que a los once años viajó a Cuba a estudiar en la Academia de San Alejandro; joven formada también en la danza, el diseño de vestuario y la escenografía.

Durante tres décadas fue profesora en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Costa Rica, donde dejó una huella generacional que el crítico Juan Carlos Flores describe con precisión: una escuela acuarelística de la que surgieron nombres como Ana Griselda Hine, Gisela Stradman y Fabio Herrera. La única escuela de su tipo en el país. Obtuvo el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría de Pintura en 1967, colaboró con Francisco Amighetti en el mural de la Casa Presidencial y logró, casi sola, que la acuarela dejara de ser vista como técnica menor para convertirse en lenguaje legítimo.
Sin embargo, y esto es importante para entender la obra que aquí analizamos, la historia oficial de Bertheau la encasilló durante décadas en el paisaje costero y el interior de la casona de adobe, ignorando una producción paralela —retratos, desnudos, figuras, y hasta obras de tendencia abstracta realizadas desde los años cincuenta— que la investigadora Sofía Soto-Maffioli rescató en la exposición Margarita Bertheau Inédita del Museo de Arte Costarricense en 2017. Ese redescubrimiento cambió las coordenadas con las que leemos su obra. Y nos permite hoy leer esta pieza con ojos distintos.
Juan Carlos Flores la ubica además en una tríada insoslayable con las escritoras Eunice Odio y Yolanda Oreamuno: mujeres de convicciones fuertes, desplantes públicos, soledad en la intimidad y la pretensión de dejar un testimonio duradero por medios artísticos. Esa carga vital —esa tensión entre la presencia pública y el mundo interior— se cuela en todo lo que Bertheau pintó. Y en esta obra, más que en ninguna otra, se vuelve visible.
La composición de la obra es sencilla, íntima y directa. Una figura femenina sentada en posición de loto sostiene un gato negro sobre el regazo. La cabeza se inclina hacia abajo —no hay contacto visual con el espectador— y los brazos forman un cuenco de protección alrededor del animal. Al fondo, almohadones azules rompen el gris generalizado del ambiente. Una tela verde bajo la figura completa los planos de color.
Lo primero que llama la atención es esa estructura triangular: la cabeza en el vértice superior, los pies cruzados en la base, los brazos que dibujan los lados de la forma. Todo converge hacia el centro geométrico de la imagen, que es también el centro emocional: el gato. Esa economía compositiva no es torpe; es deliberada. Bertheau no dispersa la mirada, la concentra. Y en esa concentración hay una idea clara: lo que importa no está afuera, sino adentro.
El gato negro es la mancha más resuelta de la obra. Mientras el resto de las formas flotan en cierta ambigüedad —el torso apenas sugerido, el fondo construido con veladuras grises—, el animal está pintado con una decisión que contrasta con el resto. Su cola, que cae hacia el ángulo inferior izquierdo con una curva elegante, crea un contrarritmo sutil que equilibra el peso visual de la figura. Bertheau sabía lo que hacía cuando puso ese trazo allí.
La paleta es significativa: los ocres y sienas de la blusa —marcados con líneas paralelas que insinúan pliegues sin detallarlos—, el frío de los azules al fondo, el gris que todo lo envuelve. Es una paleta contenida, casi austera, que habla de introspección antes que de exhibición. No hay luz dramática ni color exaltado. Hay una atmósfera. Y esa atmósfera es lo más cercano a una declaración emocional que esta artista se permitió en esta obra.
Bertheau transitó con frecuencia entre medios, y en sus obras figurativas la frontera entre el óleo y la aguada se vuelve porosa. Aquí hay pasajes de gran fluidez —el cabello oscuro, los grises del fondo— junto a zonas trabajadas con mayor densidad matérica. Esa coexistencia de registros distintos dentro de una misma pieza es una marca de identidad.
Flores señala en su crítica un problema recurrente en Bertheau: el dibujo subyacente que no logra ser absorbido del todo por el color. En esta obra el fenómeno es visible. Los trazos de lápiz o carboncillo asoman bajo las capas de pigmento, especialmente en el torso y los brazos. Para algunos, eso es una falla. Para quien mira con otra disposición, es una honestidad. El proceso queda visible. La construcción no se oculta. Y en esa transparencia del método hay algo que conecta con la dimensión más auténtica del trabajo de Bertheau: su rechazo a la falsedad, su resistencia a la obra demasiado pulida.
Esta pieza pertenece al registro más auténtico y menos conocido de Bertheau: el de la figura humana en su intimidad. No el paisaje descriptivo, no la marina de Golfito, no la casona de adobe cargada de nostalgia. Aquí hay una presencia, un cuerpo, un estado de conciencia. Y en esa presencia —en esa mujer que no mira al espectador porque no lo necesita, que existe completamente para sí misma en el acto de sostener a un animal— hay más de Margarita Bertheau que en muchas otras obras. Bertheau no pintó a una mujer con un gato: pintó el instante exacto en que alguien decide no necesitar nada del mundo.
