Mariano Murillo en una obra: El poder, la jerarquía y lo monstruoso
Autor: Paulo Navarro · Follow // Tiempo de lectura 7 min
La pintura Aprendizaje, de Mariano Murillo, se articula desde una tensión visual profundamente dramática entre luz y sombra, donde la composición dirige la mirada hacia una figura central iluminada que emerge desde la penumbra. Este foco lumínico no solo organiza el espacio pictórico de manera jerárquica, sino que establece una relación de poder como construcción humana: quien recibe la luz domina simbólicamente la escena, mientras que aquello que permanece en la oscuridad se percibe como subordinado, oculto o incluso negado. La iluminación, de clara herencia tenebrista, no es neutra; construye significado al revelar selectivamente cuerpos y gestos, reforzando una lectura en la que la visibilidad equivale a autoridad.

En el plano inferior, las formas oscuras sugieren cuerpos animales, específicamente cerdos copulando, cuya presencia introduce lo monstruoso no como anomalía fantástica, sino como manifestación cruda de lo instintivo. Este elemento rompe cualquier idealización y sitúa la obra en el terreno de lo abyecto, confrontando al espectador con aquello que culturalmente se reprime. Sin embargo, esta dimensión monstruosa no está separada de la figura iluminada, sino que convive con ella, insinuando que lo humano y lo animal comparten un mismo campo de existencia. Así, la obra tensiona la noción de lo sublime: la figura central podría leerse como elevada o trascendente, pero su cercanía con la escena inferior la arrastra hacia una ambigüedad inquietante.
Desde una perspectiva formalista, el contraste entre la pincelada más definida en la figura principal y la disolución de las formas en la oscuridad refuerza esta dualidad. La materia pictórica, en las zonas sombrías, se vuelve más difusa, casi informe, evocando la idea de la sombra en el sentido junguiano: aquello reprimido, inconsciente, que, sin embargo, estructura silenciosamente la psique. La composición no separa estos ámbitos, sino que los integra en un mismo espacio, sugiriendo que la condición humana se construye precisamente en esa coexistencia entre lo consciente y lo oculto, entre lo que se muestra y lo que se niega.
En este sentido, Aprendizaje no plantea una narrativa lineal, sino una experiencia perceptiva en la que el espectador debe negociar significados. Lo jerárquico se revela inestable; el poder, como construcción humana, se muestra frágil; y lo sublime se contamina de lo monstruoso. La obra, fiel a la propuesta curatorial aun inédita de Tenebris et Lux, no ofrece respuestas cerradas, sino que activa una reflexión sobre la condición humana como un campo de tensiones irreconciliables, donde la luz no elimina la sombra, sino que la hace más evidente.