¿Por qué necesitamos interpretar el arte para disfrutarlo de verdad?

¿Por qué necesitamos interpretar el arte para disfrutarlo de verdad?

Autor: José Ortiz · Follow // Tiempo de lectura 7 min

Visitando la exposición de Federico Herrero en el Museo de Arte Costarricense tuve la oportunidad de escuchar a un par de señores que conversaban animadamente. Uno era claro en reconocer que las obras eran bellas, que le evocaban paisajes pero que tenía claro que no eran ninguno de los que acostumbraba ver camino a su casa. El otro, con tono resignado, le respondió: “yo no entiendo de arte pero me gusta”. Cuando alguien dice esto frente a un cuadro de Federico Herrero, de Carlos Cruz Diez o de Rothko, está siendo honesto con una parte de la experiencia, pero se está perdiendo de algo. Porque el gusto, aunque parece espontáneo, siempre está mediado por lo que sabemos, por lo que hemos visto antes, por las historias que llevamos encima. Hay una idea muy extendida de que el arte se disfruta de forma instintiva, “te llega o no te llega”. Sin embargo, las investigaciones han demostrado reiteradamente que entender lo que uno está viendo, aunque sea un poco, es lo que hace que la experiencia valga la pena.

Memoria topográfica, Federico Herrero, Museo de Arte Costarricense

El filósofo John Dewey ya lo señaló en 1934 en lo que se convertiría en uno de los libros más influyentes sobre estética del siglo XX: Arte como experiencia. Su argumento era radical para la época: el arte no vive en los museos, vive en el encuentro entre la obra y quien la observa. Ese encuentro no es pasivo y es en esa interacción donde el espectador construye significado a partir de su propia historia, sus emociones y, lo principal, su propia interpretación de lo que tiene delante.

Hace unos meses un buen amigo me hizo un retrato. Un par de personas me comentaron que no se parecía a mí, que lucía cansado, angustiado. Sin embargo, el día que vi esa obra fue como verme en un espejo. Ese personaje oscuro, ojeroso y cansado era yo, era como me sentía, y aunque la mayoría de la gente tiene otra percepción de mí, el artista había logrado captar lo que no era evidente a la vista. La paleta fría y oscura, el trazo, la composición, todo confluye para dar una sensación de preocupación o incluso de angustia. Una pintura que guardo con mucho aprecio, porque me veo en ella. No es una obra “bella”, pero si logra transmitir un estado emocional y una faceta de quien soy, logra alcanzar al espectador y genera una reacción; al final no es solamente una imagen, se convirtió en una experiencia.

Esto no significa que se necesite un doctorado en historia del arte para pararse frente a Las meninas. Significa que el disfrute y la comprensión no son opuestos, sino cómplices. En 2004, el psicólogo Helmut Leder y su equipo publicaron un artículo en el British Journal of Psychology que describía con precisión qué pasa en nuestra cabeza cuando nos enfrentamos a una obra de arte. Identificaron cinco etapas cognitivas: desde la percepción inicial hasta la evaluación final, pasando por algo que llamaron “dominio cognitivo”, que es básicamente ese momento en que logramos entender, aunque sea parcialmente, lo que estamos viendo. Lo fascinante es la conclusión: ese momento de comprensión activa las mismas zonas del cerebro asociadas al placer y la recompensa. Dicho de otro modo, descifrar una obra de arte funciona neurológicamente de forma similar a resolver un rompecabezas o, simplemente, comerse un chocolate.

Esa probablemente sea la clave: el nivel de disfrute no depende únicamente de si la obra “es bonita”. Depende de cuánto podemos procesar, conectar y comprender de ella. A más interpretación, más recompensa.

Jorge Zamorán Fitoria, retrato, óleo sobre tela, 2025

Muchas veces basta con un mínimo de información para cambiar por completo nuestra percepción de una obra. En una esquina de mi casa tengo colgada una obra que siempre genera curiosidad. Una mujer que mira misteriosa entre dos tablones rojos. La imagen es intrigante y con frecuencia me preguntan por el título: al darle la vuelta se deja ver la palabra Tajo. Ahí cambian las caras y todo adquiere sentido. Una palabra le da poder a la obra y completa el mensaje.

El historiador del arte Erwin Panofsky tenía una metáfora sencilla para explicar cómo funciona la interpretación. Propuso que toda obra de arte habla en tres idiomas simultáneamente:

Primero, el idioma de las formas: lo que cualquier persona puede ver. Una mujer sentada. Un árbol. Una tormenta.

Segundo, el idioma de los símbolos: lo que esa mujer, ese árbol y esa tormenta significan dentro de una cultura o una época. Una mujer con una balanza no es solo una mujer: es la Justicia.

Tercero, el idioma del espíritu de época: las tensiones, los miedos, las obsesiones de una sociedad que el artista, consciente o no, dejó grabadas en la obra.

Lo que Panofsky quería decir no es que solo los eruditos puedan disfrutar el arte. Lo que señalaba es que cada capa que somos capaces de descifrar nos abre una dimensión de placer adicional. Una pintura de Vermeer es preciosa desde el primer nivel. Pero cuando se entiende que esa mujer leyendo una carta en una habitación iluminada no es solo un retrato íntimo sino una declaración filosófica sobre el tiempo, la luz y la soledad humana... definitivamente, algo cambia.

El filósofo Hans-Georg Gadamer tenía una manera todavía más íntima de entender esto. Para él, enfrentarse a una obra de arte es entrar en una conversación entre iguales: la obra trae su mundo, uno trae el propio, y en ese encuentro ocurre algo que no existía antes. No es que la obra enseñe; es que entre los dos crean un significado nuevo.

Esa conversación, que termina siendo una interpretación, no empobrece el disfrute ni lo vuelve frío o intelectual. Al contrario: es lo que lo hace posible en su forma más plena. Según Gadamer, sin comprensión no hay experiencia estética genuina, solo reacción superficial.

Olga Anaskina, Tajo No. 2, óleo sobre tela, 2022

Basta con recordar la última vez que una canción cobró sentido porque hablaba de algún evento relevante en la propia vida: el arte no cambió, lo que cambió fue cómo se percibe esa canción en ese momento. Probablemente había sido escuchada miles de veces mientras manejaba, pero hasta que se logra darle una interpretación acorde a la vivencia personal se puede disfrutar de un modo diferente.

La buena noticia es que la capacidad interpretativa se desarrolla con exposición y con información. Esto no significa memorizar fechas ni movimientos artísticos como si fuera un examen. Significa simplemente ir con curiosidad.

Leer una tarjeta de sala en un museo antes de pararse frente al cuadro. Buscar quién era el artista, qué le preocupaba, en qué momento histórico vivía. Incluso escuchar un audio guía. Investigaciones publicadas en Frontiers in Psychology demuestran que una descripción verbal previa de una obra mejora significativamente tanto la comprensión como el placer estético del espectador. No porque le digan qué sentir, sino porque le dan herramientas para encontrarlo por su cuenta.

Ver no es suficiente. Pero tampoco hace falta saber todo. Hace falta estar dispuesto a preguntar. Y esa disposición, esa apertura a interpretar, es lo que convierte una visita a un museo, o un rato con un libro de arte, o incluso una película, en algo que vale la pena recordar.

 

Referencias

Dewey, J. (1934). Art as Experience. Minton, Balch & Co.

Gadamer, H-G. (1960). Verdad y Método. Salamanca: Sígueme.

Leder, H. et al. (2004). A model of aesthetic appreciation and aesthetic judgments. British Journal of Psychology, 95, 489–508.

Panofsky, E. (1955). Meaning in the Visual Arts. Doubleday.

Ruzzoli, M. et al. (2021). Fostering the Aesthetic Pleasure. Frontiers in Psychology / PMC.

Regresar al blog

Deja un comentario

Ten en cuenta que los comentarios deben aprobarse antes de que se publiquen.

Publicidad