Pintar el golpe: La violencia en el Arte Costarricense

Pintar el golpe: La violencia en el Arte Costarricense

Autor: José Ortiz Follow // Tiempo de lectura 6 min

Grito, Fernando Carballo

Leer el periódico cada día se convierte en un acto estoico. La Costa Rica idílica que alguna vez pintaron los grandes nombres de este país, ahora nos bombardea con imágenes violentas, con discursos de odio y un creciente desprecio por la vida.  Lamentablemente, esto no es nuevo y como la vida misma, la violencia ha sido una constante en la historia del arte, no solamente materializada como representación de actos brutales o guerras, sino también como una fuerza expresiva que revela conflictos internos, sociales y existenciales. En la pintura, lo violento puede manifestarse por el contenido: escenas de muerte, dolor y destrucción, o bien, mediante la forma, por medio de colores agresivos, trazos abruptos o composiciones tensas. Sin embargo, para Gilles Deleuze, más allá de esos aspectos, la pintura no debe “representar” la violencia, sino hacerla presente. Es decir, la violencia no es un acontecimiento externo, sino una fuerza que actúa en el cuerpo y en la materia pictórica. En este sentido, el artista no muestra la violencia, sino que la encarna en la pintura: en la distorsión del cuerpo, en la presión del color, en la deformación del espacio: “No se trata de pintar el horror, sino de hacer que la pintura sea en sí misma un acto violento.”

Ballet, Francisco Amighetti

Desde los martirios barrocos de Caravaggio hasta los rostros deshechos de Francis Bacon, lo violento ha sido un modo de revelar lo humano. En el Romanticismo, la violencia se volvió gesto de libertad; en la modernidad, grito de angustia; en la contemporaneidad, una herramienta crítica frente a los sistemas que producen dolor.

La violencia, Lola Fernández

En nuestros país, la historia de Arte ha dado cuenta de casos en los cuáles la violencia ha llegado a formar parte del imaginario de grandes artistas. Quizás el que con mayor frecuencia abordó el tema fue Francisco Amighetti. Algunas veces con sutileza otras de manera cruda, lo violento se mantuvo como temática a lo largo de su vida. Son muchos los ejemplos, desde sus bestiarios hasta obras como El abrazo de 1976 o Ballet de 1985, Amighetti hizo suyo el tema, sin caer en en el escándalo ni en el sentimentalismo.  
Artistas como Lola Fernández también se plantearon el reto de representar lo violento (Violencia, 1959), en este caso utilizando lo estético como herramienta, por medio de trazos expresivos, texturas y contrastes de color que denotan conflicto y lucha. 

La coronación de la Virgen, Alina González

Años después, Fernando Carballo introdujo en su obra un lenguaje pictórico cargado de gestualidad y dramatismo. En muchas de sus pinturas y principalmente en los dibujos de los ochentas (Grito, 1985), los cuerpos parecen disolverse en un entorno caótico, transmitiendo la angustia del individuo ante la violencia del poder, de la historia o de la propia condición humana. Carballo entendió el Arte como un campo de batalla entre la forma y la emoción.

D.V.K., Las cualidades del blanco, Adrián Arguedas

Por otra parte,  Juan Luis Rodríguez exploró la violencia desde un enfoque más conceptual y contemporáneo. Sus instalaciones y objetos intervenidos invitan a pensar en la violencia estructural: la del sistema económico, la del olvido y la del despojo. En su trabajo, los materiales, a menudo frágiles o desgastados, dialogan con la idea de destrucción y resistencia, evidenciando cómo la violencia no siempre se expresa con sangre (Ventana, Conglomerado de metal, madera, corcho, marfil y pintura, 1972). 
El caso de Alina González es muy particular. Desde sus inicios ha abordado la violencia desde una perspectiva más existencial y psicológica. Sus figuras torturadas, sus autorretratos inquietantes y su iconografía religiosa reinterpretada ponen en escena el sufrimiento y la culpa como parte de la experiencia humana (La coronación de la Virgen, mixta sobre tela, parte de la serie Misericordia, 1991). En su obra, la violencia se vuelve una metáfora de la lucha interior y de la fragilidad del alma frente a un mundo que impone máscaras y castigos.

Ventana, Juan Luis Rodríguez

Luego, se vienen a la mente artistas como Manuel Zumbado y Adrián Arguedas. En Zumbado, lo grotesco se mezcla con lo cotidiano, desnudando la hipocresía social y la banalización del dolor. Su obra actúa como un espejo distorsionado de la realidad costarricense, donde la violencia simbólica se manifiesta en el consumo, el espectáculo y la manipulación (Instalación Espacio de Meditación, Museo de Arte Costarricense, 2016, fotografía de Albert Marín). Por otra parte Adrián Arguedas, en múltiples ocasiones ha abordado lo violento como espejo de la sociedad. En su serie las Cualidades del blanco, plantea un imaginario construido a partir de las imágenes que nos bombardean: un blanco varón y heterosexual y a partir de ello utiliza precisamente la herramienta de la imagen para cuestionarla y enfatizar su carácter de puesta en escena, llena de falsedad e impostura (D.V.K., Las cualidades del blanco).

Espacio de medicación, Manuel Zumbado

 

Lo propio ha hecho Priscilla Monge, la artista costarricense contemporánea que con mayor consistencia ha trabajado el tema. Su obra utiliza objetos domésticos y gestos mínimos para denunciar la violencia de género, la represión y el poder. Piezas como Lección de maquillaje de 1998 o sus series de “tapetes bordados” confrontan la normalización del dolor en el espacio íntimo. También es importante mencionar a Victoria Cabezas, quien desde los años setenta ha reflexionado sobre la violencia simbólica ejercida contra la mujer y contra la naturaleza. Su uso del humor, el collage y los materiales cotidianos expone la tensión entre lo banal y lo brutal, entre lo decorativo y lo político.

Lección de maquillaje, Priscilla Monge

La historia no se detiene y recientemente artistas jóvenes como Jesús Mejía han incorporado la temática de lo violento en su trabajo. La exposición Liturgia, con la que Mejía ganó el Premio Nacional Francisco Amighetti, aborda sin tapujos temas como el embarazo adolescente, la violencia de género y la violencia física a nivel intrafamiliar. En los próximos días el mismo artista inaugura en Lado B "Letanías Urbanas", una reacción pictórica y performática al estado actual de la violencia en el país.

Jesús Mejía, Génesis, 2023
En todos estos casos, lo violento no es un accidente ni un tema pasajero, sino una energía que atraviesa la materia y el espíritu de la obra. En la pintura costarricense, como en la de cualquier tiempo, la violencia se convierte en una forma de conocimiento: nos obliga a mirar lo que la sociedad prefiere ocultar. Deleuze tenía razón al afirmar que la pintura no representa el horror, sino que lo hace presente. El arte, entonces, no redime la violencia, pero la vuelve consciente. Donde el mundo se acostumbra al golpe, el artista lo detiene y lo vuelve visible. Porque pintar, en última instancia, también es un modo de no permitir que el dolor se vuelva paisaje.
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