Perros, poder y domesticación: Tomo77 y Carlos Llobet en Lado B
Autor: José Ortiz · Follow | Fotografía: Ellie Castillo · Follow// Tiempo de lectura 8 min

Lado B nos tiene acostumbrados a mostrar cosas diferentes, así que ya no es casualidad que haya reunido a dos figuras de la gráfica y el diseño costarricense como Tomo 77 y Carlos Llobet en una muestra denominada: Cuidado con el perro.
Desde que uno llega al espacio se nota una emoción diferente, grupos de amigos, familias, niños y sobre todo gente que genuinamente disfruta el arte. Se nota cierta distensión y podría decir que hasta complicidad con los artistas.

Esta vez, Tomo y Llobet deciden cuestionarse la figura del perro dentro de nuestra sociedad actual, cada uno con estilos muy diferentes pero con una misma preocupación. Tomo 77 despliega un universo visual duro, directo y cargado de ironía política por medio del “paste up” que llena una de las paredes del espacio. Desde el primer momento, la obra impone una estética radical: contrastes violentos, líneas gruesas y un dramatismo gráfico que remite a la tradición del grabado político. Las imágenes parecen surgir de una genealogía visual que conecta el expresionismo gráfico europeo con la tradición latinoamericana del cartel político, pero reinterpretada a través de los códigos contemporáneos del arte urbano. El resultado es una pieza que prescinde del color para concentrar toda su fuerza en el choque entre negro y blanco.

El motivo dominante de la exposición, como es obvio, es el perro. Aparece multiplicado en distintas variantes: perros con pasamontañas, perros feroces con los dientes expuestos, perros antropomorfizados o repetidos como íconos gráficos. Esta insistencia convierte al animal en una metáfora central. El perro ya no es simplemente un animal sino un instrumento que actúa por delegación. El título de la muestra —esa advertencia doméstica tan familiar que dice “Cuidado con el perro”— adquiere aquí una dimensión política: la amenaza no es el animal, sino aquello que lo utiliza.
Uno de los aspectos más interesantes de la exposición es el uso del texto como parte integral de la imagen. Frases breves, cercanas al aforismo o a la consigna, acompañan las ilustraciones y amplifican su carga crítica. “Hay perros que no ladran pero te lamen los huesos”, “El deseo de dominar suele disfrazarse de orden” o “Patadas a los niños, caricias a los perros” funcionan como pequeñas cápsulas de pensamiento político. No explican las imágenes sino que sirven como cuerdas que acentúan el conflicto.

La repetición de ciertas imágenes refuerza esta lectura. Algunos motivos se reiteran como si fueran carteles pegados en la calle, evocando la lógica de la propaganda política. Lejos de buscar una composición equilibrada o un montaje pulido, la muestra parece apostar por una estética de acumulación. Las imágenes se agrupan en el muro como fragmentos de un imaginario colectivo, creando una atmósfera que recuerda más a una pared intervenida en la ciudad que a una sala tradicional de galería.

Este gesto no es menor. Al trasladar el lenguaje del arte urbano al espacio expositivo, Tomo 77 introduce una tensión entre dos territorios: la calle y la institución. El espacio deja de ser neutral para convertirse en un soporte más dentro de una estrategia visual que históricamente ha pertenecido al ámbito público.

Por otra parte, Carlos Llobet propone piezas en donde la relación entre lo humano y lo animal se convierte en el eje de una reflexión silenciosa sobre convivencia, vulnerabilidad y pertenencia. El primer elemento que llama la atención es el soporte: impresiones en tela colgadas sobre la pared, algo que resuena con el “Paste Up” de Tomo, ya que aunque tradicionalmente esta técnica ha utilizado papel pegado con engrudo, muchos artistas contemporáneos como Lady Aiko vinculada al colectivo FAILE, están trasladando esa lógica a telas, bordados o textiles, buscando más volumen, textura y resistencia, además de introducir una estética vinculada a lo doméstico o artesanal.
La obra de Llobet no se presenta como objeto cerrado, sino como algo provisional, casi en tránsito, como si pudiera desmontarse y volver a instalarse en otro lugar. En el centro de la narrativa visual aparecen de nuevo los perros, esta vez representados en diversas situaciones: caminando, enfrentándose, merodeando o simplemente acom pañando. Los animales parecen moverse entre dos mundos: el de la cercanía afectiva con el ser humano y el de la vida errante que persiste en los márgenes de la ciudad.

Una de las piezas más sugestivas muestra a un hombre sentado junto a un perro que descansa a su lado. La escena, aparentemente cotidiana, introduce una pausa dentro de la tensión latente que recorre la muestra. El gesto corporal del personaje sugiere una relación de intimidad, pero también de mutua dependencia. El perro no aparece como símbolo heroico ni como amenaza; es simplemente un compañero silencioso que comparte el mismo espacio de fragilidad.

En contraste, otras imágenes presentan enfrentamientos entre perros o momentos de movimiento que evocan conflicto y territorialidad. Estas escenas rompen la calma del conjunto y recuerdan que la relación entre humanos y animales —y, por extensión, entre los propios humanos— nunca está completamente libre de problemas.

Los perros funcionan como mediadores simbólicos entre el mundo humano y el mundo instintivo. Son criaturas que han sido domesticadas, pero que aún conservan una memoria de la intemperie. En la obra de Llobet, esa condición intermedia se convierte en una metáfora de la propia experiencia contemporánea: sujetos que habitan ciudades, rutinas y estructuras sociales, pero que no terminan de perder su vínculo con lo animal, lo vulnerable y lo imprevisible.

Cuidado con el perro se presenta así como una fábula política construida desde el lenguaje gráfico. La exposición propone un repertorio de signos que invitan a pensar en la relación entre violencia, obediencia y poder. La mordida del perro, en última instancia, no es literal: es simbólica. Lo que confirma lo escrito por Berger en 1980:“la relación entre el hombre y el animal refleja siempre la forma en que entendemos nuestra propia humanidad.”

Y quizá esa sea la advertencia final de la exposición. El perro que aparece en estos muros no es solo una criatura feroz. Es también un espejo incómodo que nos obliga a preguntarnos quién sostiene la cadena.

1 comentario
Me encanta la propuesta, me parece como un arte para recargar las paredes de una ciudad como la actual, tan violenta, pero el arte puede cambiar el olor a orines, a mierda, a sangre, a pólvora por una reflexión en la cual nos percatamos que aún nos quedan nuestros amigos los perros más naturales y vientos a su manera, pero sin el oro metal que nos hiere hasta el alma. Felicidades