Marco Aurelio Aguilar Mata: Subir a la cima

Marco Aurelio Aguilar Mata: Subir a la cima

Autor(a): Luis Fernando Quirós Valverde Follow // Tiempo de lectura 7 min

La cima representa conquistar una meta propuesta; subirla significa coronar el reto, liberar las ataduras del mundo para elevarse hasta mirar desde arriba la llanura —o la trifulca del día a día— en nuestra existencia. Esa cima representa también un campo de batalla para vencer la montaña que nos doblega y se vuelve muralla infranqueable.

Marco Aurelio Aguilar Mata (Cartago, 1930-2000) heredó los talentos artísticos de su padre, el músico violinista Benito Aguilar Luna. Esto marcó su vida al perseguir la empinada cuesta del desafío: ser artista pintor y docente en el Colegio San Luis Gonzaga, el Liceo Vicente Lachner y el Colegio Universitario de Cartago.
Se estima que este maestro cartaginés pintó al óleo más de dos mil cuadros; así lo testimonia un artículo del periódico La Nación, publicado el 13 de octubre de 2000, a pocos días de su fallecimiento.

Marco Aurelio Aguilar en 1935

Abundan en su temática —propia del tiempo y la época en que pintó— los abordajes religiosos, plantas ornamentales, fruteros, árboles y retratos de personalidades de la sociedad cartaginesa; en particular, personajes populares como el vendedor de flores del mercado o quienes las cultivan en la zona alta de la provincia y bajan con sus cestos repletos de color y perfumes. Además, hizo suyos los paisajes de la campiña cartaginesa y las edificaciones emblemáticas de la provincia, como las ruinas de la Parroquia Santiago Apóstol y la Basílica.

Una de sus pinturas, en gama de azules, titulada Redención, que exacerba nuestra memoria por su profundidad existencial, fue donada por don Marco al IAFA para motivar a los pacientes a superar sus afecciones de salud. Esta obra fue seleccionada para un homenaje que el Tecnológico de Costa Rica realizó al maestro en los años ochenta, en la Casa de la Ciudad. En ella, un individuo caído intenta emprender la subida; como en un movimiento cinematográfico, procura superar la empinada roca (cima), simbolizando la eterna lucha de la vida cuesta arriba, cuando todo pesa y se debe empeñar a fondo para vencer la reyerta intrapersonal.

El Museo Municipal de Arte de Cartago estableció en 2011 la Bienal de Pintura, distinguiendo la memoria del maestro. En la década de 1970 se fundó en Cartago la Escuela de Arte Juan Ramón Bonilla, formadora de artistas emergentes en una época convulsa del panorama centroamericano, donde don Marco fue docente. El Colegio Universitario de Cartago (CUC) creó la sala de exposiciones que lleva su nombre y un evento expositivo anual que convoca a valorar el trabajo artístico de la comunidad.

Como curador de este homenaje, deduzco que su nombre se vuelve paradigma al reflejar el sentido de convocatoria: valorizar y legitimar el trabajo creativo a nivel nacional, como lo hace la Bienal Bidimensional del Museo Municipal de Arte de Cartago, premiando a numerosos creadores cuyas obras conforman hoy su colección.

En el año 2000, Cartago vio fenecer la luz que irradió en vida don Marco Aurelio. Traspasó las sendas de su existencia para subir a la cima del Irazú, que llevó siempre en su entraña adondequiera que fuera, tal como expresa el poeta martiniqueño Édouard Glissant en Poética de la relación (2018).

Sus pinceles, paletas, técnicas y contenidos asimilan el significado de la abundancia, elaborada con esmero en retratos de personalidades insignes, como el Benemérito Florencio del Castillo Villagra (óleo expuesto en el Salón de Sesiones de la Municipalidad de Paraíso, cantón que fue su cuna en el Valle de Ujarrás durante la colonia). Esta pieza patrimonial celebró además la repatriación de las exequias del prelado desde Oaxaca, México, a Paraíso en 1971.

Pintó también personajes populares y labriegos sencillos, como los niños pregoneros que anunciaban las noticias de los periódicos a viva voz —antes de que las redes sociales acallaran sus voces—, convirtiendo la pintura en crítica social y denuncia del trabajo infantil.

Ante la imposibilidad de exponer físicamente una gran cantidad de sus creaciones, por la dificultad de trasladarlas desde los muros donde están fijadas —como la colección de catorce murales que pintó en 1955 para la Parroquia de Paraíso, sobre el hallazgo de la imagen de Nuestra Señora de Ujarrás y el traslado de Ujarrás a Paraíso en 1832—, se decidió proyectarlos digitalmente dentro de la muestra, para que el público cartaginés pueda apreciarlos, ya que para muchos esta colección es totalmente desconocida.

Importa aclarar que los murales fueron pintados para colocarse en arcos triunfales erigidos por los paraiseños al recibir la imagen de Nuestra Señora de Ujarrás, su patrona, tras ser coronada por el cardenal ecuatoriano Carlos María de la Torre con la corona pontificia otorgada por el papa Pío XII en 1955. El arzobispo de entonces, monseñor Rubén Odio, recomendó que fueran eternizados en las paredes del templo católico, donde hasta hoy se custodian.

Tanto el paisaje de la campiña como la ciudad y el entorno provincial dan lugar a una pintura de “paisajes interiores”, verdaderos activadores de sus inflexiones estéticas: estados de ánimo atravesados por contingencias humanas y por los abismos que bordeamos para no sucumbir (Glissant, 2018).

La pintura de un individuo que camina por la costa tomado de la mano de su niño, buscando un sol que caliente mejor, constituye otro motivo autorreferencial que infunde valor. También el niño —Marco, su hijo— que escucha extasiado la sonoridad del mar en un caracol. Son signos recurrentes, como la joven dama que acaricia una calavera negra, asociada a una serpiente de madera que coleccionó el maestro.

La ya mencionada pintura Niños pregoneros, aunque no fue posible exponerla, posee alta trascendencia dentro de su obra y potencia su dimensión crítica al abordar las problemáticas del trabajo infantil. Esta pieza fue exhibida en 2019 en el Museo de Arte Costarricense (MAC) en la muestra Extraña infancia. Figuraciones y fabulaciones de los niños en el arte en Costa Rica, curada por Sofía Soto Maffioli, entonces directora del museo. Participar en esta propuesta otorgó alto valor agregado a la obra, alcanzando simbólicamente “la cima” de la validación institucional.

Todos estos temas se expresan mediante una depurada pincelada de veladuras con pigmento frotado sobre el lienzo, difuminando los bordes e iluminando montañas, árboles y edificaciones, como si removieran las ventiscas gélidas que a veces azotan Cartago: metáfora de las vicisitudes de la vida.

Su obra constituye una verdadera “ecografía” de su pensamiento pertinaz e indumentaria creativa, estética que dona reflexiones y modos de ser profundamente humanos, potenciando además su vocación pedagógica. Artistas nacidos en esta ciudad, como el maestro Fernando Carballo Jiménez (Premio Magón de Cultura 2024) y Zulay Soto Méndez, recibieron sus consejos en las aulas del San Luis Gonzaga. En lo personal, el estímulo más significativo que recibí como artista emergente en los años setenta fue el apretón de manos de don Marco Aurelio, señal para no mirar atrás y continuar hacia mi propia cima.

Acudimos al Museo Municipal de Arte de Cartago para validar el legado del maestro, creado en tiempos distintos a los actuales; de ahí el propio “filo” de su pintura, con el cual nos enseñó la lección de trascender hacia nuestras propias cimas y retos.


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