Mundos sobre mundos: Isaac Loria en el Costa Rica Country Club

Mundos sobre mundos: Isaac Loria en el Costa Rica Country Club

Autor: José Ortiz · Follow // Tiempo de lectura 7 min

Miguel de Unamuno hablaba de la "intrahistoria": esa vida callada y anónima de la gente común que transcurre por debajo de la Historia con mayúscula, dominada por fuerzas que no alcanza a ver del todo. También imaginó, en Niebla, personajes que viven convencidos de su propia libertad sin saber que hay una instancia superior moviendo los hilos desde afuera. Isaac Loria, sin proponérselo, pinta ese mismo territorio: un mundo rural y silencioso, gobernado por entidades que sus propios habitantes no perciben.

La primera exposición individual de Issac Loría no es una muestra de paisajes ni de retratos en el sentido convencional: es, como el mismo artista lo describe, una acumulación de "mundos sobre mundos" que conviven bajo un mismo cielo. Loria buscó que todas las piezas compartieran un mismo tono en lo alto del lienzo, para que el espectador sintiera que está entrando y saliendo de una sola realidad continua, fragmentada en distintas escenas, más que recorriendo una serie de cuadros independientes.

El origen geográfico del artista, Río Conejo en Cartago, funciona como el territorio simbólico donde transcurre toda la exposición. Es un mundo, dice Loria, donde sus personajes viven en aparente silencio, sin saber que en realidad están gobernados por tres figuras que él llama "el arquitecto, el mensajero y el operario": entidades sutiles, casi divinas que él imagina controlando ese mundo onírico desde una "máquina secreta para controlar el clima”. Es una metáfora directa del poder que se ejerce desde arriba, a través de discursos y decisiones que los habitantes de ese mundo rural y silencioso ni siquiera perciben, aunque cargan con sus consecuencias. Esa misma tensión geopolítica reaparece en Los caballos, donde un horizonte que parece atardecer en realidad no termina de caer: para Loria es un estallido, una referencia velada a los conflictos lejanos y a la forma casi imperceptible en que esa violencia distante convive con la calma rural, filtrándose apenas a través de los teléfonos.

La vida y sus procesos son el eje temático que sostiene buena parte de la exposición.

 Dos árboles, uno de ellos posiblemente seco y el otro floreciendo, aparecen como símbolos deliberadamente ambiguos: no está claro si están muriendo o apenas comenzando a vivir, y esa ambigüedad es exactamente el punto. Ese lenguaje se vuelve más íntimo en las piezas dedicadas a la familia. Loria retoma una fotografía de su madre embarazada de él para una de las obras más potentes de la sala: "La furia del volcán", donde un volcán en erupción convive con la imagen de un niño en el vientre materno, una superposición explícita entre la violencia geológica y el origen de la vida. En otro lienzo utiliza un retrato de cuando era niño, tomado por su propio padre; es, según cuenta, el único rostro claramente reconocible en toda la muestra. El resto de las figuras humanas aparecen sin rasgos definidos, deliberadamente universales, para que el espectador no vea a "la madre de Isaac" o al pequeño “Isaac”, sino simplemente a una madre o aun niño, figuras arquetípicas.

Esa misma tensión entre lo íntimo y lo universal atraviesa "Margaritas", una de las piezas más melancólicas de la muestra: una figura atrapada en el gesto de deshojar pétalos de un ramo gigantesco que, sin embargo, solo tiene una flor real. Absorto en el juego de "me quiere, no me quiere", el personaje no ve el paisaje que lo rodea, perdido por completo en su propia pregunta. Es, en palabras del propio artista, una insinuación sutil de que esa figura está "en otro lado", ajena al mundo que la contiene.

Otra pieza clave, "El sol en el bolsillo", nace de una fotografía de infancia que Loria guardaba en una bola de cristal y que lo llevó a pensar en la idea del sol negro: un sol que absorbe toda la luz en vez de reflejarla. Para el artista, esa imagen funciona como metáfora del crecimiento, de esos años en que lo único que un niño realmente tiene es lo que puede sostener con las manos: el sol que no ilumina hacia afuera sino que concentra la luz hacia adentro.

Unas de las piezas más enigmáticas de la muestra son los "pájaros atómicos": aves que no existen en la realidad, inventadas por completo desde la imaginación del artista a partir de los pájaros que observaba posados en postes eléctricos, pero cargadas de una sensación de residuo, de despojo de una catástrofe que ya ocurrió. Cada uno lleva su propio número (pájaro atómico uno, dos, tres) y comparte la paleta ocre y anaranjada del resto de la muestra, como si ese color fuera en sí mismo parte del residuo. El pintor confiesa que no quiso llevar esta idea hacia lo explícitamente post-apocalíptico; prefirió que la belleza del color suavizara la lectura y dejara la amenaza apenas insinuada, casi un juego con la imaginación del espectador sobre en qué momento exacto de esta historia está sucediendo cada escena.

Formalmente, la exposición marca también una transición técnica: Loria, que trabajaba tradicionalmente en óleo, migró al acrílico para esta serie, atraído por su rapidez de secado y la libertad que le da para pintar. Frente a los meses que exige el óleo para que cada capa seque antes de continuar, el acrílico le permitió trabajar con una velocidad que él mismo compara con el ejercicio físico: "como quitarse unas pesas de encima". Esa libertad se nota en el gesto: capas de pintura que se sienten como sonido, como una vibración silenciosa que no suena pero sí vibra. El propio artista relaciona su pincelada con la música de Julio Jaramillo y con el trabajo del animador Norman McLaren, quien dibujaba directamente sobre la cinta de audio y descubría, a partir de la forma de cada gesto todo un lenguaje sonoro. Para Loria, cada capa de color es, en ese sentido, una nota atrapada tratando de saltar hacia el espectador, una preocupación por lo matérico que, insiste, no depende del soporte: tan material es el óleo como el acrílico o la acuarela; lo que revela esas cualidades es la manera en que la pintura se aplica.

Cierra la muestra una serie de autorretratos en los que Loria se ha pintado tantas veces que, según explica, ya ni siquiera necesita dibujarse la cara: el cráneo, la postura, bastan para que la imagen se reconozca como suya. Es un gesto coherente con el resto de la exposición, donde la identidad se disuelve deliberadamente en el paisaje, dejando que sea el color, y no el rostro, quien termine contando la historia.

Caminar por esta muestra es caminar por Río Conejo sin haber estado nunca ahí. Basta con volverse a mirar por el balcón para encontrarse con el atardecer multicolor que llena los cuadros, pero esta vez se trata del cielo real, el de la tarde en el Country Club. Y por un segundo no se sabe bien cuál de los dos es el que se está acabando: si el de la pintura, que nunca termina de apagarse, o el de afuera, que sí. En algún lugar entre esos dos atardeceres queda Río Conejo en dónde un niño sigue jugando con un sol guardado en el bolsillo.

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