Esculpirse a sí mismo
Libro de la obra escultórica de Domingo Ramos
Autor(a): Luis Fernando Quirós Valverde · Follow // Tiempo de lectura 9 min
Consolidar una trayectoria como la del escultor y poeta nacional Domingo Ramos —nacido en San Ramón en 1949— devela un escenario necesario de documentar en las páginas de un libro como el publicado este 2026: su propio proceso creativo, escultórico y poético que, como el terreno de cultivo, germina sus propuestas desde tiempos liminales. En cada página aloja la metáfora de la pared de una galería inmemorial donde se verán bocetos, esculturas, tallas y materiales esbozando ideas hasta llegar a la obra terminada; pero también se presencia el pensamiento y la conceptualización teórica con discursos actuales. Importa decir que hay algo insigne compartiendo esas páginas para que trasciendan sus poesías con su fuerte profundidad de sentimientos y significados de la vida.

Por lo tanto, «Esculpirse a sí mismo» significa el acto de trabajar la materia, pero además la inmaterialidad con la poética: sean palabras que mármoles, piedras o maderas, u otra materialidad como la técnica de la marmolina, en búsquedas procesuales paralelas a su propia transformación que intenta descubrirse a la vez que construir su propio ser de artista contemporáneo. De ahí que se hable de «Esculpirse a sí mismo». Emprende con esta estrategia editorial un profundo viaje de naturaleza interior y hasta espiritual, con el que busca legar a otros y futuros escultores la experticia de la ruta, la valiosa experiencia del camino para ver el arte como un proceso de autoconocimiento, de mirar hacia adentro en el contacto con materiales duros que lo enfrentan a confrontar sus propios límites, miedos y estados anímicos que no dejan de influir en la obra, en tanto son parte del taller, laboratorio de la creación artística actual.
En tanto que refiere a un internamiento en su personalidad, creencias y posicionamiento estético, teórico, histórico e ideológico, quedan implícitos en este libro, que es además oportunidad para documentar los logros o frutos, inventario que lo catapulta al reconocimiento y distinción en la cultura nacional. Ingresar a esta dimensión del universo creativo implica la libertad del ser: así como el cincel quita lo superfluo del bloque liberando la figura oculta —sea abstracción o figuración—, para ser esculpida despoja a su vez sus propias impurezas, descubriendo la naturaleza personal en su esencia más pura, al asumir el intertexto existencial que lo relaciona con otros maestros referentes para alcanzar equilibrio y armonía personal; lo impele a encontrarse a sí mismo en la obra del Otro.

El libro impreso y reconocimientos
Un libro autobiográfico o monográfico significa esculpirse a sí mismo. Ese es el hilo conductor trascendental para la memoria histórica, el patrimonio artístico y el registro didáctico o pedagógico en el arte nacional, pues no podemos pasar por alto que este escultor fue un destacado académico en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Costa Rica, y director en la década de los años ochenta. Recibió el Premio Aquileo Echeverría en el año 1988 y recientemente fue distinguido por la Asociación Internacional de Críticos de Arte, Capítulo Costa Rica (AICA CR) como «Maestro consagrado», por cinco décadas de trayectoria ininterrumpida en la práctica escultórica costarricense.

Se trata de una categoría que presta relevancia al libro al preservar el patrimonio y la memoria nacional, llenando un abismal vacío histórico en cuanto a documentación de impresos de alta calidad. Cuando hoy todo es en línea, lo impreso testimonia cincuenta años de plasmar un inventario visual imperecedero de sus distintas etapas creativas, con el uso e investigación en materiales que marcan la evolución de su arte. El texto recuerda sus estadías de estudios en Italia, sus caminatas apreciando la maestría de los artistas del Renacimiento y el Barroco romano, y examina sus experiencias en convocatorias internacionales en muchos países del mundo.
Investigación material
Uno de los caracteres que alumbra su trayectoria y que testimonia la publicación es el detalle de los procesos de experimentación con materiales encontrados en el entorno local: piedras andesitas, dioritas, tobitas y basaltos, además de maderas y resinas. Esto sustenta la percepción del país como fuente de una tradición escultórica arraigada en la talla de la piedra, el mármol y la madera. Este escultor defiende la fuerza de esta poética del material sin someterse a modismos externos, con vocablos que emergen de su sensibilidad y lenguajes que porta en su interior.
Escribir los textos de este libro —por invitación de Domingo Ramos— me permitió calar en los significados de la validación crítica, el respaldo teórico y la legitimación merecida en esas cinco décadas de ejercicio creativo en la escultura. Importa afirmar que esta publicación no es un catálogo con fotos y datos de esculturas, fechas y descripción de procesos: alcanza a impactar como una propuesta conceptual de cómo el ser humano es capaz de revitalizar la metáfora de esculpirse a sí mismo.
Repasando algunos textos paralelos
Para escribir de arte hoy importa la impresión emocional que se experimente de plano al apreciar el taller del artista con sus herramientas y materialidad disponible; un espacio de taller vacío no dice nada en el momento de escribir. De la visita que hice a su taller en el Carmen de Goicoechea, el impacto que recibí no fue solo apreciar una enorme cantidad de esculturas con diversos procesos técnicos y estilísticos, parte central de su amplia producción artística: fui impactado por la carga de la materialidad experimentada bajo sus aleros, materiales aún sin trabajar, esculturas que él visionó en algún momento y que quedaron a la espera de su impronta creativa. Eso pesa mucho para la interpretación de su obra. De este impulso tan sólido, quizás, es que fluye la interpretación; y si no existiera esta pócima emocional de percibirlo globalmente en ese entorno de trabajo, las páginas que intenté escribir quedarían vacías.

Encontrar aquel anclaje tan fuerte y necesario para releer el significado de sus esculturas —aunque lo conozco desde su regreso de estudiar en Italia— es que ahora se hable de su acervo material, que lo inspira y da temple a su lenguaje al elaborar esas añosas maderas aún cubiertas por las cortezas o por el polvo de la vida diaria que recoge sus vicisitudes; además de piedras ásperas y apenas esbozadas, yesos o moldes para sus marmolinas. A este maestro le inquieta experimentar ante ese goce estético que también aportan las materias alternativas.
Continúa empeñado en el reto que exige su arte: cultivar en los terrenos escabrosos de la investigación y el dominio de la propuesta material. Este es el desvelo perenne del maestro, son ímpetus creativos que le brinda el lugar, el taller, las materias escultóricas y su constante repaso de sus jergas de significado; lo que él conoce muy bien, pues es asiduo al análisis y las teorías del arte, además de poeta e ilustrado ensayista. Lo que se le exige es mucho más, pues las esculturas no fueron hechas para decorar los espacios —interior o exterior, público o privado—: motivan a abstraer lo dialogado con la sustancia de las cosas que están ahí presentes en su taller, en esas tucas o materia dura del universo, la roca, lo que lo enciende con cada golpe de mazo o gubia que dan significado actual a la escultura.

El crítico de arte nacional Juan Carlos Flores, en Sublimación escultórica en Domingo Ramos. El arte como acto de fe (Revista Meer, enero de 2026), argumenta:
«En las siguientes décadas no hay mayores transiciones, a pesar de que algunas piezas, por las mismas características del material, llevan a Ramos a 'intervenirlas' más que a esculpirlas, abriendo la posibilidad de lecturas más contemporáneas, particularmente en producciones realizadas después del cambio de milenio, sin llegar a hacer concesiones propias del panfleto político-social».
La obra escultórica de Domingo Ramos regenera un puente que conecta la escultura externa —espejo y consecuencia de la transformación espiritual interna del escultor— con lo que trasciende en la obra de arte que esculpe en su interioridad: para él el arte no es solo técnica sobre la piedra o la madera, sino un profundo acto de introspección y evolución personal y profesional, armonizando entre ambas creaciones: la pieza exterior y la que creó de sí mismo en la entraña.
El arte es visto como metamorfosis y genera el vínculo de su libro con el acto de esculpirse a sí mismo: la materia como reflejo del alma, en tanto que para Ramos la polaridad solución-verdad radica en su interior. Al retirar el exceso de material del bloque, se descubre o libera lo que se busca e idealiza, y es símil de desbastar sus propias asperezas buscando la mejor versión.
La paz como punto de partida y llegada implica primero un tránsito por el dolor y la angustia sublimados creativamente, fortaleciendo el alma del artista tanto como la forma lograda.
Ahí radica la sustancia de este libro que cierra el ciclo de cincuenta años de carrera; pero el verdadero legado a la cultura nacional está en haberse transformado a sí mismo, atravesado por la acción contraria de acariciar y golpear la materialidad. Detona lo que para el escultor representa la obra definitiva: no un objeto solo para exponer, sino aquella que alcanza su propia alma de creador al moldear su propia vida.

La escultura Paz interior
Para comentar alguna de sus obras selecciono esta única pieza de sus tallas en madera, creada en 1995 para el I Encuentro Internacional de Escultura en Madera de Rosario, Santa Fe, Argentina, con la cual Domingo obtuvo una Mención de Honor. Es una pieza relacionada con otra noción de temporalidad: no métrica sino emocional. Incide en ella la persistencia de la forma helicoidal abierta al tronco en forma de estría que atraviesa todo el fuste de madera. Son piezas muy significativas en este entorno tan aguerrido como nos ha tocado vivir al mundo hoy, donde puede que se apague un brote de violencia pero fluye en otro punto. Hablar de Paz interior es una esperanza para que germine y regenere una obra de arte.
El título «paz interior» procede de no suscitar incertidumbre, de no dejar abierta a enigmas, sino que conjuga las tensiones espaciales: las que están en su núcleo, ducto de energías perceptivas y materialidad. Por lo tanto, nos ancla como espectadores en un amplio respiro que nos hace percibir el tiempo, la luz, los signos materiales y formales; pero también el motor del vacío que, aunque nadie ve por ser inmaterial, irradia al todo o infinito cósmico. Eso de alguna manera lo relaciona con la escultura ancestral y los orígenes del arte en este continente.
Quizás como conclusión final
Me interesa entablar el significado de tener un libro impreso hoy, ante lo digital que es más efímero y quizás propio de la inmediatez de la vida actual. Diría que en un mundo que se desvanece en la liviandad del ser —trayendo a colación al novelista Milan Kundera (1929-2023, República Checa)— lo impreso es un acto de resistencia para asegurar que la tridimensionalidad y el peso de la escultura no se pierdan ante la ligereza de una pantalla.
El contraste entre la pantalla y el libro físico se alinea con la dualidad filosófica explorada por el checo Kundera en La insoportable levedad del ser (1984). La levedad de la pantalla —el eterno retorno que no pesa— surge cuando las cosas ocurren una sola vez y desaparecen, como las aguas que van al mar: aunque sigan pasando aguas, estas no son las mismas, y nos refieren a Heráclito.
El texto digital aparece, se borra o actualiza sin dejar rastro físico; la lectura digital no ocupa espacio, no envejece y no acumula polvo. Como la desconexión o el despiste actual, flota en la nube invisible, libre de las ataduras de la materia. Pero el peso del libro resignifica la densidad de la existencia, conectado a nuestro compromiso con la historia y la carga de lo que permanece y puede ser heredado. Las páginas de lo impreso amarillean, se doblan y se marcan; cada mancha de café testifica un momento de lectura. La herencia sobrevive al lector, convirtiéndose en un ancla de la memoria compartida. El peso del libro, como la misma escultura, nos conecta con la tierra y sus materias como compromiso con sus contenidos —las palabras y las imágenes— para sobrevivir al tiempo.
