Otto Apuy en una obra: el cuerpo desbordado
Autor: José Ortiz · Follow // Tiempo de lectura 4 min
La obra de Otto Apuy suele asociarse de inmediato con sus dibujos neoexpresionistas de los años setenta, específicamente aquellos publicados en “Diabólica” de 1978 o bien, sus magníficas instalaciones como La transformación del rostro, con la cuál ganó la II Bienal de escultura de la Cervecería Costa Rica (1995) o Trómpico performance de 1980, sin embargo, hay períodos menos conocidos que merecen ser investigados.
En una de mis incursiones por los pasillos de la Once Doce, me encontré con Desnudo, una obra de 1987. Se trata de una pintura expresionista construida con acrílico sobre cartón que condensa varias de las preocupaciones estéticas y simbólicas de Apuy en esos años. La pintura se organiza en torno a la silueta frontal y monumental de un torso humano, delimitado por líneas geométricas que lo convierten en una figura casi heráldica o ritual. Sin embargo, la figura no se presenta como un cuerpo reconocible ni estable: está compuesta por manchas dinámicas, gestos de color y pulsaciones matéricas que disuelven la anatomía y la transforman en un campo energético.
El interior de la silueta, dominado por amarillos intensos, veladuras cálidas y estallidos en rojo, funciona casi como un organismo vivo. Allí, el gesto pictórico sustituye cualquier voluntad descriptiva y apuesta por lo emocional. El amarillo se convierte en un núcleo radiante que emana hacia el espectador. En palabras de Kandinsky, “el color es un medio para ejercer una influencia directa sobre el alma”; Apuy instrumentaliza esa potencia espiritual para convertir el cuerpo en un territorio donde confluyen energía, emoción y símbolo.
El contorno geométrico, firme y preciso, contrasta con ese interior desbordado y de ese modo, genera la tensión estructural de la pintura. La figura recuerda un tótem o bien, un ícono, pero su interior es pura inestabilidad. Allí se activa la reflexión sobre identidad y forma: el cuerpo contenido por estructuras culturales frente a la subjetividad que lo sobrepasa.
La atmósfera que rodea la figura en la que dominan los azules y verdes difuminados, envuelve sin absorber. Es un espacio indeterminado, simultáneamente etéreo y matérico, que podría ser agua, aire o pura vibración cromática. Esa indeterminación potencia el aislamiento de la figura, que aparece suspendida en un umbral. Esta condición liminal remite a lo planteado por Victor Turner: “entre un estado y otro, el ser humano entra en un espacio de ambigüedad fecunda” (1969, The Ritual Process: Structure and Anti-Structure). La obra de Apuy parece precisamente ubicada en ese umbral ritual: ni cuerpo ni signo, ni identidad fija ni abstracción total.

Un gesto particularmente revelador aparece en la zona inferior derecha, donde la silueta delimita un volumen que evoca la curva de un muslo o una cadera. Es allí donde la pintura se ancla en la carne, en el volumen humano, recordando que incluso dentro del signo late lo orgánico. Como bien afirma Juan Carlos Flores tras seguir de cerca la carrera de Otto Apuy desde 1983, “en su proceso y concreción plástica no hay espacio para las sorpresas, o los accidentes, sino que hay un autor cuidadoso detrás de la espátula y el pincel, pero también un conflicto, repito, tal vez buscado, entre dos formas de hacer y ver: neoexpresionismo y neoplasticismo, sumados como influencia en su quehacer personal a su subyacente conceptualismo que tiene más que ver con el arte como actitud que como producto final (Juan Carlos Flores, Del concepto al objeto en medio siglo, 2019).
En el contexto costarricense de los años ochenta, marcado por búsquedas de modernidad, tensiones entre tradición y experimentación, y un creciente interés por las hibridaciones culturales, esta obra adquiere una relevancia particular. Más que un cuerpo, lo que Apuy presenta es un estado: una fisura entre lo ancestral y lo contemporáneo, entre lo geométrico y lo gestual. Casi cuatro décadas después, la pintura mantiene intacto su poder de interpelación. No se trata solo de ver la figura: se trata de leerla, de escuchar la vibración que la sostiene, de entrar, como diría Gaston Bachelard,:“en la intimidad de la imagen” (1957, La poética del espacio), allí donde el color arde y nos habla al oído.