Luis Chacón: Reapropiación y Sincretismo

Luis Chacón: Reapropiación y Sincretismo

Autor(a): Luis Fernando Quirós Valverde · Follow // Tiempo de lectura 9 min

Hoy en día, curar una muestra homenaje del Museo de Arte Costarricense a un artista fallecido como Luis Chacón, influyente en la gestión cultural del país, no es solo colgar cuadros para que el público vea "qué lindo pintaba el finado": hay que sumergirse a fondo en su legado, estilo, lenguajes y carácter de investigación, lo que implica asumir un posicionamiento estético e ideológico y tender puentes que transparenten dónde encontró sus referentes y cuál fue la calidad de sus aportes a la cultura nacional. Implica definir las palabras poderosas que orientaron su búsqueda en el taller o estudio, donde se encuentran las verdaderas huellas de su propuesta artística.

El vocablo sincretismo refiere al acto de conciliar, fusionar y mezclar distintas tradiciones, creencias o doctrinas que logran coexistir, dando lugar a una nueva expresión cultural, religiosa o filosófica.

La palabra hibridación significa la combinación de diferentes disciplinas, materiales, técnicas y culturas para crear una obra nueva, rompiendo fronteras hasta entonces establecidas.

El espacio común donde se cruzan y se transparentan estas claves define la negociación cultural entablada, en tanto ninguno de los procesos ocurre en el vacío, y rompe la idea de la existencia hoy de culturas "puras" o "incontaminadas".

Se habla de asimetrías de poder que no suelen ser relaciones equitativas: fueron generadas con frecuencia por la influencia de la colonización, la migración forzada o la globalización. El dominado adopta rasgos del dominador, pero los transforma en un acto de resistencia, y de esa tensión entre la imposición y la asimilación surge una tercera unidad que no es el resultado final de una simple suma de sus partes. Importa romper con los paradigmas del museo como ente colonizador, para regenerar la actualidad, donde los elementos originales se vuelven irreconocibles y adquieren nuevos valores y matices.

Curaduría de Ericka Solano y Byron González del Museo de Arte Costarricense

Los curadores de esta muestra eligieron examinar a fondo el rol de Luis Chacón dentro de las corrientes del arte moderno latinoamericano, exponiendo de forma sistemática sus estrategias de hibridación, sincretismo y reapropiación. Demuestran que, para este sujeto de estudio, coleccionar no era un pasatiempo ni una táctica para producir riqueza, sino parte fundamental de su metodología de taller. Articulan cómo Chacón reciclaba de manera premeditada objetos, artesanías y cerámicas de diversas culturas para integrarlos a sus lienzos, ensambles e instalaciones, generando porosos bordes entre sí, en una táctica de transposición de perspectivas.

La muestra revela un puente teórico entre las estrategias artísticas de Luis Chacón y los debates de los años noventa en torno a la mítica "High and Low: Modern Art and Popular Culture" (MoMA, 1990), curada por Kirk Varnedoe y Adam Gopnik —filiación crítica y creativa que reactivó estas lecturas en foros internacionales.

Una muestra como la que comento remite a 1990, década en la que también se postuló la tesitura taxonómica que evidenciaba cómo el "arte alto" (las bellas artes tradicionales, en una visión muy criticada por el cubano Gerardo Mosquera como "manhattancentrista") se apropiaba de elementos de la "baja cultura" (cómics, publicidad, caricatura y grafiti), y viceversa. En Chacón el tránsito no es una simple cita estética o teórica de esos paradigmas, sino una táctica de supervivencia cultural, visual y plástica que motivó sus búsquedas y encuentros en el taller.

En su práctica, Chacón operaba recolectando y reciclando objetos cotidianos y lenguajes populares de diversas culturas dentro de una matriz pictórica de tradición moderna.

Trazaba con acierto la frontera entre el objeto de consumo o desecho (lo bajo) y el lienzo de reminiscencias académicas (lo alto). Mientras el sincretismo frente a la taxonomía curatorial del MoMA intentaba compartimentar las influencias de la cultura popular en categorías rígidas, para Chacón esa conexión era puramente sincrética e híbrida. Sus transposiciones fusionaron el paisaje local con grafismos universales de su propia invención, fruto de su lectura de la gran apertura y definición del arte contemporáneo de los noventa, transformando lo bajo de la cultura visual en el motor de la vanguardia latinoamericana.

Frente al modelo eurocéntrico y norteamericano de "alto y bajo", que miraba la cultura de masas desde un ángulo y una distancia condescendientes, la hibridación del pintor nacional —fallecido el año pasado— dio una respuesta descentrada y propia del subcontinente, en línea con los debates que en su momento sostuvieron Martha Traba, Damián Bayón y Juan Acha, entre otros, citados por Solano y González en su texto curatorial (MAC, 2026, p. 5).

Importa decir que la obra de Luis no sufre por la separación de estas esferas: su intuición disruptiva —uno de los rasgos más importantes de su creatividad y juicio crítico— le permitió canibalizar tanto los códigos visuales de la historia del arte universal como los estratos de la cultura visual periférica. Desde este puente conceptual y teórico, lo latinoamericano resolvió en la práctica de taller esta fractura entre lo culto y lo popular, mucho antes de que las instituciones culturales metropolitanas intentaran normarlo en sus museos, como ocurrió con el MoMA y, posteriormente, con el Instituto de Arte de Chicago en 1991, cuando tuve la oportunidad personal de ver esa muestra.

Sala Herradura del MAC

Con "Reapropiaciones. El sincretismo plástico de Luis Chacón", curada por Ericka Solano Brizuela y Byron González Aguilar, abierta desde mayo de 2026 con un conjunto de pinturas y ensambles escultóricos legados al museo tras el fallecimiento del multifacético e inquieto artista nacional, más que pensar en su estilo y sus procesos de resolución del arte, quise dejar que el pensamiento calara a profundidad en sus aportes artísticos, en tanto nos unió una amistad de unos cincuenta años. Luis propiciaba compartir ideas y discusiones teóricas o conceptuales que mediaron en sus constantes búsquedas. Si me piden caracterizarlo más sucintamente, diría que fue un buscador empedernido, con una actitud de escudriñarlo todo y sacar provecho de ese ejercicio: era verlo regresar de sus exploraciones —en piedras, arenas, maderas, cuerdas, cerámicas, textiles, jardines, el campo, las costas, las ciudades o sus viajes internacionales— cargado de un inventario de cosas de las que su mirada indagadora y juguetona se reapropiaba, dejando discurrir el sentido de sincretismo cultural con el que tanto impactó.

Cuando visité el museo me embargó cierta inconformidad respecto al tamaño de lo expuesto, pues, conociéndolo, pienso que Luis hubiera llenado tres museos distintos con sus aportes al arte costarricense. Además de explorador de todo lo posible en materia de experimentación artística, fue un teórico de la antropología cultural, un investigador que ponía su foco en las maneras en que las personas usaban, mezclaban y manifestaban lo que creían del arte. Por eso diría que esta muestra, en homenaje a su legado, nos queda debiendo, a pesar de la profundidad de la investigación curatorial invertida por Solano y González.

Valoración de sus aportes

Luis Chacón (1954-2025) personificó en vida un ejercicio de hibridación cultural y dinamismo en la investigación y experimentación formal en su espacio de taller o estudio de pintor. Se destacó por la reinterpretación de la tradición pictórica e iconográfica a partir de visiones contemporáneas que llevaban su propio sello. Le gustaba cuando lo parangonaba con la metáfora del "colector de belleza", que Marguerite Yourcenar atribuyó al emperador Adriano: alguien capaz de convertir, entre sus manos de entendido, hasta una cerámica rota en una joya preciosa (Yourcenar, 1951).

Sus abordajes comprendieron la evolución del paisaje y su deconstrucción, que no se limitaba a la representación idílica y pasiva del entorno nacional —tan referenciada en el país por Fausto Pacheco, Ezequiel Jiménez, Manuel de la Cruz González o Quico Quirós, así como por el tratamiento pictórico de Dinorah Bolandi, que Luis también tuvo presente—, sino que cultivó un enfoque de corte socioambiental moderno, que reinventaba esas prácticas creativas con diversidad de formatos y tratamientos sintetizadores, y con una luminosidad que se tradujo, por ende, en tratamientos cromáticos y perceptivos particulares. Chacón reinventó el paisaje de la costa, las montañas, los macizos volcánicos y esa naturaleza intrínseca en la que puso su mirada y su pincel, con suma exploración estilística. A esto se sumó su expansión hacia problemáticas vinculadas con las críticas actuales a escala global, como los nocivos extractivismos, la contaminación de mantos acuíferos y humedales, y el cambio climático, temas que definieron el bucle de investigación de su pintura. Para ampliar estos criterios, remito a un comentario sobre su exposición en la Escuela de Artes Plásticas de la UCR (enlace: nacion.com/ancora).

Aclaro que el procedimiento para enlistar estos aportes se apoyó en un sondeo hecho con IA, pero que el pensamiento de fondo es de mi autoría: la herramienta no responde si no es orientada por la calidad de las preguntas que se le hagan.

Persistencia del paisaje

En sus búsquedas prevaleció una dimensión emocional, topográfica e ideológica, valoración que emanaba de su taller, al que siempre distinguí como un gran laboratorio de investigación visual, donde la luz de las atmósferas transformaba la multiplicidad de tensiones cromáticas que apelaban a la intimidad entre el cuadro y el espectador. Este último se veía inmerso en esa manera de cultivar otra cultura, como la legada por el ancestro originario en el cuidado y manejo de la Madre Naturaleza, porque esa parte de sus vinculaciones históricas con el pasado fue núcleo de enorme interés e interpretación de la materialidad vernácula.

Además de su mirada a lo precolombino, destaca en su obra la reutilización de materiales, formas y objetos provenientes de diversas culturas del mundo —en particular la oriental—, en una hibridación latinoamericana que buscaba la identidad universal a través de mezclas de lenguajes visuales que conviven con la densidad de procesos y métodos de reapropiación cultural, tema álgido con el que provocó enormes discusiones. El diálogo de lo originario ancestral "cosmopolitizado" fusionó una práctica disruptiva de los límites, debido a su alta valoración tanto de la historia universal y las vanguardias artísticas como de nuestro arte anterior a la conquista y la colonización; referentes que se incrementaron desde sus estudios en París y su experiencia de trabajo con el maestro del arte óptico y cinético Carlos Cruz-Diez.

Reapropiación de lenguajes originarios

Reinventó los soportes —fueran muebles, cerámicas o textiles— con abundancia e ingenio, probando todo lo posible en la atmósfera de su investigación y trabajo de taller. Ahí trasciende su aporte al arte regional, que radica en el doble legado como renovador del paisaje nacional: la clave del color fiero y rudo, y también la ejecución de su trazo.

Luis se quejaba de que él no era dibujante, pero esa percepción equívoca no advertía que poseía otro carácter de trazo, sustentado también por la teoría del color, que lo convirtió en uno de los gestores innovadores de la plástica actual dentro de las tendencias del color "fauve" o, en suma, expresionista, sustituyendo el dibujo por grandes pinceladas de gruesa textura y tratamiento subjetivo. En el fondo, todo esto referenciaba al maestro francés Henri Matisse, a quien definía como su principal referente en la historia del arte.

En algunos de mis acercamientos a su forma de hacer arte, lo distinguí como heredero de la tradición paisajista más conceptual que realista. Bajo su mirada, el paisaje nacional dejó de ser una representación estática y tradicional para adquirir nuevas dimensiones, tanto desde el orden cromático como desde el manejo formal, asumiendo un giro expresionista.

Respecto a su estatus artístico, el maestro Chacón no solo dominaba el oficio de pintor, sino que poseía la cualidad de "saber hacer arte", lo que implica enfrentarse a un escenario cambiante y transformador. Siempre he afirmado que la academia nos enseña a pintar o a esculpir, y nos deja libres para aprender a hacer arte.

Respecto a la conceptualización del espacio del taller —que abordé en diversos ensayos y momentos, y en particular en un texto de mi autoría publicado en los noventa—, siempre lo observé como un laboratorio sensorial y perceptivo. Ahí, el hilo conductor de su práctica discursiva y de sus argumentaciones teóricas fue la fuerza sugestiva de la idea y su potencia visual pura. El taller fue concebido por él como un núcleo donde orquestó el uso del color con multiplicidad de matices y significados. No se trataba de buscar una armonía pasiva, sino regeneradores perceptivos que impactaran al observador, el principal actor de sus investigaciones. Se puede ver el taller desde la mirada de aquel "niño interior" y su actuación disruptiva e instintiva en la "intuición pictórica", pero también con la rigurosidad de la ciencia; en ese espacio se aprende a escuchar la voz interior que nos orienta o reafirma lo que sabemos hacer bien.

El taller, en la visión de Chacón, fue un laboratorio como el del científico y, a la vez, un museo, pues desde su infancia en Atenas, donde creció observando los juegos de científico y la taxonomía al recolectar elementos naturales, trasladó esa práctica a su vida adulta, con múltiples texturas, bitácoras y bucles de materialidad.

El coleccionismo integrado a su taller funcionó como un museo personal, acumulando objetos artesanales y cerámicas multiculturales que se fusionaron en sus creaciones tridimensionales o incluso en sus superficies pictóricas, tal como se evidencia en la Sala Herradura del MAC.

Para Chacón, el taller fue un espacio para desaprender lo académico y romper con normas rígidas, aunque él mismo tuvo una formación sólida, que incluyó el doctorado en la Sorbona de Francia. Consideró el espacio de su propio taller como el lugar idóneo para desaprender las reglas académicas que atiesaban el arte cuando no se investigaba a fondo. En ese espacio afloró la intuición pura: en la intimidad del estudio, entre materiales, telas, objetos, muebles y recipientes, Chacón daba rienda suelta a esa intuición disruptiva ya mencionada, que lo empujaba a pintar de manera vital y desinhibida, guiada por lo sensorial, lejos de las ideologías o corrientes conceptuales —aunque, como buen conocedor de los lenguajes de su tiempo, también produjo sólidos planteamientos de arte conceptual. Hoy evoco una muestra en la GANAC en los años ochenta, basada en la percepción sensorial de las materias y sustancias.

Otra faceta de gran valor en su aporte a la cultura fue su labor como gestor cultural: fue asesor del Ministerio de Cultura cuando se creó el Centro Nacional de Cultura (CENAC) y el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo, con una idea muy novedosa de lo que significaba curar arte y diseño contemporáneo. Yo lo vi con un rollo de planos constructivos de ese centro, buscando apoyo y patrocinios para sacar adelante ese importante proyecto. Culminó, además, otros importantes proyectos culturales, con proyección al resto de la región. Creo que, en ese punto, el país está en deuda por los logros que consiguió y que no se le han reconocido. Luis es merecedor de algo más que un Premio Nacional de Pintura; el Premio Magón de Cultura debería haber llegado a sus manos antes de fallecer, dejando trazos imprecisos del futuro que él cultivó con tanto ahínco.

Para ir cerrando esta exploración

Quedo bastante satisfecho con este acercamiento a Luis Chacón y sus aportes a la cultura costarricense. Extraigo de él algunos conceptos que mediaron en su práctica artística; en especial, la dimensión que le dio a su conceptualización del taller estuvo marcada por un carácter multicultural y objetual. Puedo dar testimonio de esto por haber estado cerca de él cuando cerró el lienzo de su vida y su carrera de pintor. Su producción se ve hoy como un sincretismo plástico donde lo recolectado se reintegra al lienzo, al ensamble o a la instalación, expandiendo los límites de lo tradicional. Importa además señalar su interés en la escritura, como un tlacuilo creador de códices propios: cantando y pintando la memoria de esta potente patria mesoamericana.

Luis Chacón integró los lenguajes contemporáneos con las abundantes referencias a sus raíces ancestrales. Con sus copiosos acentos en el manejo formal, que a veces desaparecían ante la fuerza de los bordes, enmarcó la gracia del vacío o de lo lleno, siempre en tensión, dando cuenta de las vicisitudes y contingencias existenciales en las que él se vio inmerso a lo largo de toda su vida —y su muerte no fue la excepción.

Regresar al blog

Deja un comentario

Ten en cuenta que los comentarios deben aprobarse antes de que se publiquen.

Publicidad