Líneas desobedientes: los cuadernos de artista

Líneas desobedientes: los cuadernos de artista

Autor: José Ortiz Follow // Tiempo de lectura 8 min

Los cuadernos de artista o bitácoras siempre han resultado incómodos. No por lo que muestran, sino por lo que rehúsan ser.

Conviene partir de un hecho simple: no están hechos para nosotros. O al menos, no en el sentido en que el sistema del arte ha aprendido a esperar las cosas. No nacen para ser vistos, ni vendidos, ni validados. Carecen de una pared para mostrarlos, de un precio, de una ficha técnica. Existen antes de todo eso. Y en esa anterioridad, difícil de capturar, radica su potencia: son, quizá, una de las formas más próximas al arte antes de convertirse en Arte.

Cuaderno de Paulo Navarro, fotografía cortesía del artista

El sistema nos ha acostumbrado a apreciar el arte como un asunto resuelto. La obra se expone en una galería bien iluminada, producto de una curaduría y con una cierta validación intrínseca. El cuaderno opera en sentido inverso. Es un territorio desconocido, donde la idea no ha sido domesticada y el gesto no ha sido corregido. Y sin duda, es ahí donde radica su fuerza.

El cuaderno es íntimo. Si se piensa en los apuntes de Leonardo da Vinci, lo que aparece no es el genio, sino el desorden: máquinas imposibles, anatomías abiertas, escrituras fragmentadas. No hay obra final; hay pensamiento en proceso. Insistencia y e ideas más que un resultado.

Algo similar ocurre con el diario de Frida Kahlo. No fue concebido como pieza de exhibición, aunque haya terminado siéndolo, sino como un espacio donde la imagen y el dolor se confunden, donde la forma no responde a ninguna expectativa externa, la imagen no es el fin, es solo un instrumento.

Cuaderno de Lucho Castro

En Costa Rica, estos gestos persisten, muchas veces fuera de cualquier circuito. La primera que se me viene a la mente es Alina González. Sus cuadernos de artista con sencillamente especulares, llenos de imágenes: dibujos, recortes, objetos encontrados, cualquier cosa que le inspire cabe en ellos. Constituyen un verdadero testimonio de su trabajo constante y metódico en busca de un concepto, de un lenguaje, de una forma de expresar lo que siente. Algo similar al trabajo de Julio Escámez, recientemente expuesto en el Museo del Jade. Para este artista “cada imagen era un instante hecho visible”, en cada trazo buscaba entender algo de la existencia. En el 2023, la Universidad Nacional, bajo la guía del investigador Mario Oliva Medina, publicó “Imágenes fugitivas, Acordeón y Visiones”, tres cuadernos que evidencian el esmero del artista por dejar un registro de su pensamiento.

Por otra parte artistas jóvenes como José Pablo Ureña han convertido sus recorridos por la ciudad en registros temporales: páginas que no ilustran lo que ve, sino lo que siente al verlas. Técnicamente impecables y llenos de fragmentos de una ciudad que cambia todos los días.

Una página del cuaderno de Sofía Madrigal, parte de la exposición La habitación sin tiempo, realizada en Lado B

Paulo Navarro suele compartir su bitácora en redes sociales. Para él, esas páginas son una oportunidad de “soltar un montón de ideas preconcebidas de la figura, la forma la luz y la línea”. También es importante destacar el caso de Sofia Madrigal quien presentó su trabajo final de graduación hace unos meses (Subversiones del cuerpo icónico), en el mismo se incorporan sus cuadernos de apuntes que terminan siendo un mapa conceptual detallado de sus ideas.

Cada bitácora refleja de alguna manera la personalidad del artista, desde el trazo tranquilo de Ruth Bonilla a las líneas llenas de fuerza y movimiento de Lucho Castro. Este último, siendo un caso particular, en el que sus dibujos no son andamios para construir, son la obra en si misma. Lucho vive la ciudad y se convierte en su fuente inagotable de imágenes que van construyendo momentos: vidas y contextos en medio de una ciudad que no espera. No hay corrección, no hay distancia. Apenas unas líneas bastan para capturar no solo un rostro, sino una forma de pensar, una atmósfera, una forma de habitar la ciudad.

Imágenes Fugitivas, acordeón y visiones, una investigación de Mario Oliva sobre los cuadernos de Julio Escámez

Pero conviene evitar el romanticismo. El sistema del arte ha demostrado una capacidad notable para absorber incluso aquello que parecía resistirse. El cuaderno, que antes era íntimo, hoy se exhibe. El boceto se enmarca. Lo que era proceso se convierte en un valor; lo que era circulación abierta se restringe. El archivo se convierte en objeto.

La paradoja no es nueva. Como advirtió Walter Benjamin, “incluso la obra más radical puede ser neutralizada en el momento de su reproducción”. No se trata solo de una pérdida, se captura aquello que originalmente escapaba.

El artista ya no produce únicamente obra. Produce también su proceso. Su propia “cocina”. Y entonces la pregunta deja de ser estética para volverse estructural:
¿qué ocurre cuando incluso el pensamiento en bruto se vuelve mercancía?
Como ha señalado Boris Groys, el arte contemporáneo no solo produce objetos, sino que “pone en escena las condiciones de su propia producción”. El cuaderno, en este contexto, deja de ser un espacio de libertad para convertirse, potencialmente, en una extensión más de los círculos de arte.

Cuaderno de Ruth Bonilla, foto cortesía de la artista

En contextos como el costarricense aun muchos de estos trabajos seminales permanecen invisibles. No circulan, no se exponen, no se venden. Siguen siendo una especie de baúl, de archivo privado, una prolongación del pensamiento en dónde el artista todavía puede fallar sin consecuencias.

El cuaderno de artista no es un formato menor. Es, en muchos casos, lo más cercano que tenemos al arte antes, y después, de convertirse en arte.

Un lugar donde la imagen aún no ha aprendido a comportarse.

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