La ciudad no es un pedestal, es territorio vivo

La ciudad no es un pedestal, es territorio vivo

Autor: José Ortiz Follow // Tiempo de lectura 7 min

Hace poco leí una publicación de una persona a quien admiro profundamente. Mostraba reproducciones realizadas en mosaico de obras de varios renombrados artistas costarricenses que habían sido “vandalizadas”. Como admirador de los grandes maestros de este país —y como coleccionista que guarda en su memoria cada obra con un cierto sentido de custodia— confieso que algo se remueve al ver esos trabajos intervenidos. Hay una fibra emocional que se toca.

Sin embargo, el tiempo compartido con artistas urbanos, las conversaciones francas y sin poses, me han obligado a matizar esa primera reacción. Comprender no significa necesariamente aprobar, pero sí implica ampliar la mirada.

Creo que una de las nociones fundamentales del arte público es la pertenencia. Cuando decidimos colocar una obra en medio de la ciudad, la entregamos a miles de miradas: personas con historias de vida distintas, con niveles educativos diversos, con intereses, ingresos y sensibilidades. Ese objeto —esa obra— deja de pertenecer exclusivamente al artista o a la institución que la financia. Pasa a convivir con el peatón, con el vendedor ambulante, con el joven que sale a bailar, con el taxista que espera clientes, con el migrante que apenas comienza a habitar el barrio.

Si esa pieza no logra algún grado de vinculación simbólica con quienes transitan ese espacio, corre el riesgo de convertirse en una imposición. Y toda imposición, incluso cuando nace del homenaje, puede percibirse como agresión.

Cuando se decidió rendir homenaje a Manuel de la Cruz González, se seleccionaron con esmero algunas de sus obras más representativas y se pensó cuidadosamente la manera en que serían presentadas a los habitantes de un lugar muy icónico: El Paseo de las Damas. Borja (2006) contextualiza la conformación de este tipo de espacio publico asumiéndolo como una creación burguesa debido a la necesidad de esta población de mostrar su poder económico. No es de extrañar que en el 2010 los medios periodísticos reprodujeran las palabras de los responsables: “El proyecto fue pensado para armonizar con los principales elementos arquitectónicos del entorno como la antigua Estación del Ferrocarril al Atlántico, el parque Nacional, la Biblioteca Nacional, el Tribunal Supremo de Elecciones, el edificio del Cenac (antigua Fanal) y el parque Morazán” (La Nación, febrero, 2010). Se eligió la permanencia: una mole de cemento recubierta de azulejos de colores, resistente al paso del tiempo, pensada para perdurar por generaciones. La intención es loable. En una ciudad que muchas veces resulta visualmente monótona, estas intervenciones aportan color, memoria y pedagogía visual.
Pero el contexto importa. Y el arte público no existe en el vacío.

La Cali es un territorio con identidad propia dentro de San José. Sus paredes han sido durante años el soporte natural de grafiteros y artistas urbanos reconocidos. Hay murales que se han convertido en hitos afectivos para cientos de jóvenes que diariamente se congregan allí para encontrarse con la música, el baile y la noche. En esos muros el arte no es decorativo: es lenguaje, es catarsis, es territorio.

Colocar en medio de ese ecosistema visual estructuras pesadas, inmutables, revestidas de un material que respira permanencia puede interpretarse —desde esa lógica— como un gesto ajeno al pulso del barrio. El artista urbano no trabaja pensando en la eternidad; trabaja desde la urgencia. Su obra no aspira a la intemporalidad del mármol ni del mosaico. Aspira a decir lo que lleva en el pecho hoy. Lo que vive, lo que camina, lo que duele, lo que no encuentra espacio en otros foros.

El arte urbano, por naturaleza, es móvil, efímero, cambiante. La pared es un organismo vivo. Lo inmutable le es ajeno porque su fuerza reside precisamente en la transformación constante. Desde esa perspectiva, resulta revelador que ciertos murales urbanos hayan permanecido intactos por más de diez años —respetados tácitamente por la comunidad— mientras que las reproducciones en azulejo han sido intervenidas repetidamente, no solo por grafiteros, sino por vendedores, brujos, comerciantes y otros actores del entorno. Un ejemplo claro es el conjunto de murales sobre el edificio de la Compañía Nacional de Fuerza y Luz en el Barrio La California, que fueron autorizados por la misma empresa. Tal vez la diferencia no está en la calidad de la imagen, sino en el grado de apropiación simbólica. Las obras que nacen del barrio suelen ser protegidas por el barrio. Las que llegan desde afuera deben ganarse ese lugar.

El fenómeno merece ser estudiado con profundidad, no desde la indignación automática, sino desde la sociología urbana, la antropología cultural y la teoría del espacio público. Pensadores como Henri Lefebvre hablaban del “derecho a la ciudad” como el derecho de sus habitantes a participar en la construcción simbólica del espacio que habitan. El arte público no puede desligarse de esa discusión. Para el Arquitecto y artista Daniel Bermúdez, no solo el arte debe cuestionarse, sino que también cada elemento que se pone a disposición de los habitantes: una banca, un parque, una parada de bus y otros elementos más agresivos como las vallas publicitarias, rótulos, parlantes y pantallas: “creo que el arte urbano tiene todo el derecho de expresarse libremente en las calles, venga de donde venga, es responsabilidad de los gobiernos locales y de los mismos movimientos artísticos el ordenar y prever estos casos, y además,  curar muy bien el mensaje que se quiere transmitir”.

Quizás la pregunta no es si debemos homenajear a nuestros maestros —porque debemos hacerlo— sino cómo hacerlo sin desconocer la identidad del territorio donde se instala el homenaje. ¿Qué tipo de arte debe ocupar el espacio urbano? ¿Cuál es el arte que verdaderamente nos representa? ¿El que embellece desde arriba o el que emerge desde abajo? ¿El que perdura por decreto o el que permanece porque la comunidad lo adopta?

Diseñar ciudad desde una visión excesivamente elitista ha contribuido a que San José pierda identidad entre muchos de sus habitantes. Se percibe distante, desconectada, a veces incluso rancia. Y sin embargo, bajo esa capa, late una ciudad vibrante, contradictoria y profundamente creativa.

Tal vez el verdadero desafío no sea elegir entre mosaico o aerosol, entre homenaje o protesta. Tal vez el reto sea aprender a dialogar. Entender que el espacio público no es un pedestal, sino una conversación. Y que en esa conversación caben los maestros consagrados y las voces jóvenes que aún no tienen museo, pero sí pared. Es un proceso.

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1 comentario

Yo soy seguidor de los grafitis por lo general tomo fotos y comparto, creo que esos murales de mosaico, que son muy bellos los pusieron en un espacio equivocado, pues en la calle manda L calle y el arte caLlejero tiene su propia impronta que evoluciona constantemente. Me encanta su reflexión y creo que da para más, para un fofo

Luis Fermando Quiros

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