Gravitar en el habitáculo del no-tiempo
La habitación sin tiempo, de la artista herediana Sofía Madrigal, refuerza la idea de un tiempo neutro, sin carga, visto como un objeto vacío, apto para transcurrir en la meditación, donde se acrecienta una espiritualidad a la deriva, en busca de “la noche oscura del alma” para congraciarse consigo misma o con la inmanencia.

Ante la dimensión de esta dicotomía —o contradicción—, y en busca de lecturas posibles, no me queda más que refugiarme en lo literario: experiencias que me amarran a estas voces y me permiten sondear significados. Me remiten a Maurice Blanchot (1907–2003), en diálogo con textos de Jacques Lacan, así como a Carmen Martín Gaite (1925–2000), a quienes evoco para confrontar la obra profunda de esta joven artista: observar su transparencia o, por el contrario, su opacidad. Estos referentes me ayudan a confiar en lo explorado, en tanto que, en el argot popular de los lazadores, se dice que “a dos puyas no hay toro bravo”.
El habitáculo vacío de temporalidad se describe, en psicología, como un estado de pausa consciente: sin anticipar el futuro ni preparar nada para ese viaje a lo desconocido, a lo atemporal; asimila un acto de equilibrio para reconectarnos con nosotros mismos. Esta atemporalidad —o no-tiempo— ocurre en momentos de aislamiento o recogimiento, donde se resarcen las energías corporales necesarias para afrontar las pruebas existenciales, la vida y sus matices. La metáfora de la noche oscura nos remite al “huerto de los olivos”: diálogo, sufrimiento, negación, pero también contrición y prueba.
Hoy, para mí —tal como dije—, La habitación sin tiempo, en la obra y el pensamiento de Sofía Madrigal, resuena con las vivencias literarias de Thomas el oscuro, de Maurice Blanchot, tratadas como la “soledad esencial”, articulada en la sucesión de lo cronológico y en una realidad que lo despoja de su progresión lineal, al igual que en la “habitación” de Madrigal. Los personajes habitan un presente absoluto que no avanza en la temporalidad; más bien, el espacio y sus bordes perimetrales operan como un vórtice que los atrapa y los hace rotar, como un ciclón contra las manecillas del reloj. Se evocan Las siete leyes del caos (Briggs & Peat, 2005), comprensibles mediante signos, metáforas y símiles, como en las figuras creativas de la literatura.
Blanchot describe un estado donde el ser se encuentra con la nada o con un ser impersonal. No es un estado de quietud, sino de espera infinita, donde los objetos desaparecen en medio de una atmósfera de encuentro metafísico, de una totalidad habitada en la que la noción del tiempo-reloj —segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, lustros, décadas, siglos, milenios— carece de sentido y rompe la línea que lo caracteriza, al abordar un tiempo inmaterial, intangible, emocional.

Entrar en estas obras de Sofía Madrigal coarta —o fuerza— a pensar en la habitación sin salida, el espacio o devenir del libro, aludiendo al instante en que el sujeto pierde su identidad histórica para devenir figura; momento en que aquello que observa —las palabras, el entorno— cobra una fuerza casi mortal que absorbe el devenir y lo congela.
Ambas visiones convergen en la idea de un espacio liminal (la habitación), en el cual el ser se desvanece frente a la vacuidad de lo que puede ser toda una vida concentrada en un instante: el romper de las olas contempladas por Thomas ante el horizonte, eliminando la distinción entre el sujeto observador y el objeto observado.
Respecto a la noción temporal en Carmen Martín Gaite, en su novela Nubosidad variable (Anagrama, Madrid), que se me antoja relacionar con la obra de Sofía, estaríamos ante una temporalidad cíclica y estática que atrapa la espacialidad de la habitación: una soledad quizá fría, como la cripta que nos espera “con sus fúnebres ramos” (Rubén Darío, “Lo fatal”). En esta autora, el tiempo es subjetivo y fluido, reconstruido por la memoria y por el diálogo entre sus personajes.
En La habitación sin tiempo, de Sofía Madrigal, la noción temporal se disuelve. La atmósfera del encierro —de la cripta, de la urna mortuoria, de una Julieta contenida que resignifica la paradoja de la fatalidad— hace que el reloj pierda su linealidad, vinculándose con el aislamiento y la interioridad femenina, representada por la muñeca.

El tiempo no pasa: se atasca, se habita, devorando la cronología de lo exterior.
En Nubosidad variable, la novela de Carmen nos revela el tiempo de la memoria: fragmentario, reconstruido en cartas o diarios. No es lineal, sino que salta entre páginas: el pasado compartido y el presente de las protagonistas. Existe una confrontación entre el tiempo rutinario y el de las evocaciones, sueños o ficciones, más emocional e interior, pero también más intenso, que graba con fuego la memoria. Madrigal transparenta dicha nubosidad como instrumento de sanación emocional: el acto, en apariencia insignificante, de ceñirse tras el cristal para ver la lluvia, evocándolo mediante gestos en sus grafismos —signo, color, textura—, como quien llena un cuaderno abocetando el absurdo.
La relación de esta propuesta con la máscara o el antifaz de la muñeca implica explorar el umbral del cuerpo femenino como territorio simbólico: una crítica directa a los arquetipos de género. Las muñecas, en este teatro, no son simples juguetes, sino dispositivos simbólicos que cuestionan la identidad impuesta y la construcción de lo femenino, tema que abre un amplio debate en la cultura contemporánea.
El tiempo se detiene y se acumula, formando un tapón que puede explotar y abrir paso —como el agua entre cañadas y valles—, arrasando lo que encuentre. Pero lejos del territorio de la habitación, pues esta se erige como signo de seguridad, de lo inviolable, quizá de lo sagrado.
La muñeca con antifaz representa el proceso de construcción permanente de la identidad: aquello que el sujeto oculta o devela tras la iconicidad de una identidad velada. Actúa como puente entre la realidad y la ficción, permitiendo a la artista explorar la otredad y las narrativas construidas por la cultura sobre la mujer a lo largo de la historia.

Para Victoria Miranda Olaso, del medio Delfino: “La exposición plantea un espacio en el que las obras no se presentan como piezas aisladas, sino como presencias organizadas dentro de un sistema cerrado. Muñecas, máscaras, pinturas y objetos conviven en una disposición que remite a un gabinete contemporáneo, donde lo íntimo, lo ritual y lo inquietante se entrelazan”.Para cerrar este intersticio de lectura, puede decirse que la propuesta de Sofía Madrigal constituye una exploración profunda de las tensiones entre feminidad e identidad. Al articular lenguajes pictóricos, escultóricos e instalativos vinculados con el cuerpo —su principal escenario—, genera una hibridación material y una linealidad espacio-temporal en tono emocional que apunta tanto al interés como a la trascendencia.
1 comentario
Esta propuesta de Sofía Madrigal me enciende para comprender la interioridad del arte joven actual, la del artista que crea y se enfrenta alas contradicicones. ;e ofrec una esperanza en un futuro en el cual ya quizás los viejos nos desvanecemos para darle paso a esas sensibilidads uy comprensión del mundo, renovado, pero que se apoyan en los estatutos del arte contemporáneo y el de todos los tiempos. Felicito a MAsa Crítica y Lado B por esta cala de discursos mentalizados desde la emocionalidad y la sensibilidad femenina.