El escultor silencioso: redescubriendo a Víctor Manuel Bermúdez

El escultor silencioso: redescubriendo a Víctor Manuel Bermúdez

Autor: José Ortiz Follow // Tiempo de lectura 8 min

Hace más de un año me topé con una colección de arte costarricense que estaba siendo vendida través de internet. Muchos grabados de la época de CREAGRAF, algunos dibujos y una obra que de inmediato capturo mi atención: una talla en madera de un pequeño ternero. Una pieza que de inmediato me inspiró ternura y vulnerabilidad: recogido sobre sí mismo, con el cuerpo plegado y la cabeza apoyada sobre el suelo. No hay dramatismo ni movimiento. El artista opta por una postura mínima, casi silenciosa, la obra no intenta impresionar por su dinamismo, sino por la sensación de reposo absoluto. La curvatura del lomo domina la composición y crea una especie de arco continuo que conduce la mirada desde la cabeza hasta la parte posterior. 

Monge Leyendo, talla en madera, 1939

De inmediato salta la pregunta: quién ha logrado condensar en una pequeña pieza de madera tanta poesía. No tarde mucho en identificar una firma: Víctor M. Bermúdez. A primera vista no me pareció conocido, sin embargo, en algún rincón de mi memoria estaba una imagen que ya había visto en el Museo Juan Santamaría. Claro, se trataba del mismo artista que en 1980 había realizado Longevidad, una talla en madera de cedro que durante años ha recibido a los visitantes de ese recinto.

Me puse a buscar y aunque hay relativamente poca información es posible reconstruir un poco de su historia.

Víctor Manuel Bermúdez nació en Heredia en 1905 y creció en un entorno donde la talla en madera era una labor tanto artesanal como espiritual. A diferencia de muchos imagineros autodidactas de su época, se formó en la Academia de Bellas Artes. Esta educación formal le permitió dominar el canon académico sin perder la esencia de la tradición popular.

Victor Manuel Bermúdez y su esposa Marianita Morales 

La obra de Bermúdez se caracteriza por un realismo que sintetiza las formas. Sus piezas no buscaban la copia exacta de la realidad, sino una simplificación expresiva que resaltara la humanidad del sujeto. Trabajó extensamente en la creación de figuras religiosas. Sus “Nacimientos" en cedro policromado son bien reconocidos por los heredianos  por su detalle y devoción. Fue un cronista de la vida rural costarricense. Esculpió figuras de campesinos, casas de adobe, tranqueras y animales, elevando la vida cotidiana a la categoría de arte nacional. Sus obras muestran una profunda conexión emocional, como se observa en piezas como Espera (circa 1948), un relieve en madera que captura la introspección femenina.

Bermúdez es citado frecuentemente en estudios sobre la "Nueva Sensibilidad" costarricense, un movimiento que buscó definir la identidad nacional a través del arte en las décadas de 1930 y 1940. En 1986 Luis Eduardo Arias Benavides presenta su tesis sobre el artista y parte de una constatación sencilla pero importante: la vida de Bermúdez estuvo marcada por una vocación obstinada. Su trayectoria no se construyó desde la comodidad de las instituciones ni desde la legitimación inmediata del sistema artístico, sino desde el trabajo cotidiano, desde el taller, desde el aprendizaje progresivo de la técnica: ¨…el escultor desarrolló su práctica a partir de una dedicación constante al oficio, en la cual la escultura fue para Bermúdez no solamente una profesión, sino una forma de vida” (Arias Benavides, 1986).

La llorona, talla directa sobre madera, sin fecha

La lectura de la obra de Bermúdez partiendo de su condición de hibridación es fundamental para entender su trabajo. Bermúdez no pertenece del todo al mundo de la artesanía, pero tampoco se inserta plenamente en el proyecto modernista que marcaría buena parte de la narrativa del arte costarricense del siglo XX. Su producción se mueve entre esos dos territorios, y tal vez por eso mismo resulta difícil clasificarla.

La tesis señala que una parte significativa de su trabajo estuvo vinculada con la imaginería religiosa, un campo que durante mucho tiempo fue uno de los espacios más estables para la práctica escultórica en Centroamérica. Las esculturas destinadas a iglesias, procesiones o devociones domésticas no solo respondían a necesidades espirituales, sino también a una economía cultural específica que permitía a los artistas sostener su oficio.

Longevidad, talla en cedro, 1980

Desde una perspectiva formal, no hay en su trabajo una ruptura radical con la tradición académica. Más bien se observa una continuidad. Y es precisamente en esa continuidad donde la investigación encuentra uno de los aspectos más interesantes de su trayectoria: Bermúdez representa una línea de desarrollo de la escultura costarricense que no pasa necesariamente por la experimentación modernista, sino por la persistencia de un lenguaje figurativo profundamente arraigado en la cultura popular.

Esto plantea un problema historiográfico. Durante décadas, la historia del arte costarricense se escribió privilegiando las narrativas de ruptura, modernización y vanguardia. En ese marco, muchos artistas cuya producción se mantuvo dentro de tradiciones figurativas o artesanales quedaron en una especie de zona periférica.

Acurrucadito, talla en madera, sin fecha

En muchos casos, las esculturas de Bermúdez terminaron en colecciones privadas, hogares o contextos religiosos. Es decir, su obra tuvo una presencia social real, aunque no necesariamente una visibilidad crítica equivalente. Esta diferencia entre circulación social y reconocimiento institucional es una de las claves para entender su lugar dentro del arte nacional. Arias Benavides concluye en su investigación que el escultor desarrolló su producción “al margen de los circuitos oficiales del arte, pero con una presencia constante en la vida cultural cotidiana del país” (Arias Benavides, 1986).

La trayectoria de Victor Manuel Bermúdez nos recuerda que la historia cultural de un país no se compone únicamente de figuras consagradas o gestos revolucionarios. También está hecha de trayectorias silenciosas, en pequeños talleres y de artistas que, lejos del ruido de las vanguardias, dedicaron su vida entera a un oficio.

En el caso de Bermúdez, ese oficio fue la escultura. Y en esa fidelidad obstinada al trabajo manual, a la forma y al volumen, se encuentra tal vez la verdadera dimensión de su legado.

Su carrera culminó con el Premio Nacional de Cultura Popular en 1994, otorgado por el Ministerio de Cultura en reconocimiento a su labor de toda una vida.

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