Disenso y reciprocidad: el lugar de la crítica en los espacios alternativos
Autor: José Ortiz · Follow // Tiempo de lectura 6 min
Ejercer la crítica de arte en un espacio alternativo no es simplemente cambiar de escenario: es asumir una posición epistemológica que choca de frente con la arquitectura afectiva de esos mismos territorios. Los espacios alternativos —galerías autogestionadas, colectivos artísticos, centros culturales independientes, plataformas digitales comunitarias— se construyen sobre una ética de la reciprocidad y el apoyo mutuo. Operan, en palabras de Gregory Sholette, como “dark matter”, una materia oscura del mundo del arte que sostiene la institucionalidad sin ser reconocida por ella (Sholette, 2011). En ese contexto, el crítico que juzga y que está en desacuerdo, se convierte fácilmente en una figura disruptiva, incluso amenazante.
La crítica institucional tiene sus herramientas: el distanciamiento académico, el lenguaje técnico, la autoridad conferida por museos y publicaciones especializadas. Pero en el espacio alternativo esas credenciales no solo pierden peso, sino que a menudo generan inquietud. Y no sin razón. El espacio alternativo no surgió como una versión menor o empobrecida de la institución; surgió, en muchos casos, como una respuesta, como el lugar donde lo que la institución no podía sostener encontraba condiciones para existir. Desde esa genealogía, el crítico que llega con sus credenciales en la mano no es necesariamente bienvenido como interlocutor ya que suele leerse como un emisario del mismo sistema que el espacio alternativo aprendió a desconfiar.
La pregunta que subyace en muchos de estos ecosistemas es la misma que formuló Claire Bishop al analizar el arte participativo: ¿puede haber estética sin ética?, ¿puede haber juicio sin traición? (Bishop, 2012). El problema no es únicamente de temperamento ni de retórica: es estructural. Los espacios alternativos valoran la presencia, la militancia, la solidaridad. El crítico, en cambio, opera desde la ausencia relativa, desde la distancia analítica que le permite ver lo que el colectivo prefiere no ver.
Uno de los fenómenos más interesantes de los ecosistemas artísticos alternativos es la manera en que la solidaridad puede terminar siendo un una dictadura estética. Cuando toda exhibición se celebra, cuando todo proceso creativo es “válido” por el solo hecho de existir fuera del mercado o de la institución, se crea una paradoja: el espacio que nació como crítica al establishment termina reproduciendo su propia hegemonía interna, solo que basada en la afirmación constante en lugar de la exclusión explícita. Jacques Rancière lo anticipó al señalar que el disenso es constitutivo del arte mismo: “El arte no es político por los mensajes que transmite ni por la manera en que representa las estructuras sociales. Es político por la distancia que toma respecto a esas funciones” (Rancière, 2010). En este sentido, la crítica honesta no sería una traición al espacio alternativo, sino su expresión más coherente.
Sin embargo, la teoría y la práctica cotidiana se separan aquí con violencia. Quien escribe una reseña crítica sobre una muestra en un colectivo amigo, quien señala que una obra no resuelve lo que promete o que un proyecto curatorial reproduce los mismos mecanismos de poder que dice combatir, sabe que paga un precio social real. La comunidad artística alternativa opera en buena medida como lo que Pierre Bourdieu llamó un “campo”, con sus capitales simbólicos específicos, sus jerarquías implícitas y sus mecanismos de consagración y exclusión (Bourdieu, 1995). Caer mal en ese campo no es una metáfora: implica perder invitaciones, afectar colaboraciones, activar silencios
¿Puede haber crítica sin consecuencias? La respuesta honesta es no. Toda crítica tiene consecuencias, y eso no es un defecto: es su condición. El problema real no radica en si la crítica genera malestar, sino en qué tipo de malestar genera y con qué propósito. Hal Foster distinguía entre una crítica que refuerza el statu quo y una que opera desde la “resistencia” como posición productiva (Foster, 1985). En los espacios alternativos, la crítica genuina debería funcionar como una segunda capa del mismo proyecto que los funda: no como juicio externo, sino como práctica interna de exigencia. El riesgo es que esa distinción se pierda, y que cualquier observación negativa sea leída como traición política antes que como gesto intelectual.
Esto plantea una responsabilidad particular sobre quien escribe: la necesidad de afinar tanto el argumento como el lenguaje, de distinguir entre la obra y la persona. Pero también plantea una responsabilidad sobre el ecosistema mismo. Un espacio alternativo que no tolera la crítica interna no está siendo solidario: está siendo frágil. La solidaridad que no puede sostener el disenso termina siendo inútil.
La crítica de arte en espacios alternativos es, en última instancia, un ejercicio de amor exigente. Requiere creer lo suficiente en un proyecto para pedirle más de lo que está ofreciendo. Requiere también asumir que ese gesto tendrá un costo, y que vale la pena pagarlo. No porque la incomodidad sea buena en sí misma, sino porque el arte que no puede ser interrogado deja de ser arte para convertirse en ritual. Y los rituales, por más comunitarios que sean, no necesitan críticos: necesitan chamanes.
Referencias
- Bishop, C. (2012). Artificial Hells: Participatory Art and the Politics of Spectatorship. Verso Books.
- Bourdieu, P. (1995). The Rules of Art: Genesis and Structure of the Literary Field. Stanford University Press.
- Foster, H. (1985). Recodings: Art, Spectacle, Cultural Politics. Bay Press.
- Rancière, J. (2010). El espectador emancipado. Ellago Ediciones.
- Sholette, G. (2011). Dark Matter: Art and Politics in the Age of Enterprise Culture. Pluto Press.
1 comentario
Muy buen reflexión y análisis cono siempre