#DePaso: Claudio Roncoli

#DePaso: Claudio Roncoli

Autor(a): Lucho Castro  Follow // Tiempo de lectura 12 min 

Durante los últimos años he visitado ferias de arte, estudios de artistas, museos, galerías y festivales en cada uno de mis viajes. En el camino he conocido artistas con visiones tan diversas como las múltiples expresiones que el mismo arte puede adoptar. En esta serie, De paso, quiero condensar algunas de esas conversaciones con personas que me abrieron la puerta y cuyo trabajo, trayectoria y forma de pensar me parecen inspiradores y dignos de compartir.

Unas semanas atrás, mientras buscaba qué hacer en mi primer domingo en Buenos Aires, me topé con el anuncio de Puro Diseño, una feria que celebraba su edición número 26 y reunía propuestas de arte, diseño, moda e innovación.

Mientras caminaba entre la infinidad de stands y las miles de personas que recorrían el lugar, me llamó la atención un espacio compartido por dos artistas que exhibían sus art toys. Un formato que, aunque lleva tiempo consolidándose en distintas partes del mundo, todavía parece estar encontrando su lugar en Argentina. Los artistas eran Tomás Menéndez y Claudio Roncoli. Días más tarde, visité el estudio de este último.

Roncoli nació en Buenos Aires en 1971 y se formó en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón. Después de trabajar durante más de quince años en publicidad, decidió dedicarse por completo a la pintura en 2004. Desde entonces, su trayectoria lo ha llevado a vivir y desarrollar proyectos en ciudades como Buenos Aires, Miami, Nueva York y Madrid, además de trabajar en otros lugares de América Latina. En 2015 fue elegido para crear la imagen oficial de los Latin GRAMMY. Dos años después obtuvo un Latin Grammy y, en 2018, un Grammy estadounidense por el diseño de empaque del álbum El Orisha de la Rosa, del músico colombiano Magín Díaz.

Su perfil resulta poco convencional: conecta pintura contemporánea, collage, cultura popular y diseño, sin limitar su práctica a un solo medio. Es pintor, diseñador, escultor, músico y coleccionista de objetos. También se define como un nómade, tanto en la vida como en el trabajo. Durante nuestra conversación, esa palabra apareció una y otra vez, no como una identidad construida, sino como una manera de relacionarse con el mundo y con las posibilidades que ofrece el oficio artístico.

Cambiar de lugar para volver a mirar

La movilidad es una constante en la trayectoria de Roncoli. No se trata únicamente de trasladarse de una ciudad a otra para exponer o trabajar, sino de permitir que cada experiencia modifique su manera de entender lo que hace. Volver a Argentina después de años en el extranjero, explica, respondió a una mezcla de motivos personales y profesionales: la familia, nuevos proyectos y el cierre de etapas anteriores.

Uno de esos ciclos fue Empty Project, una serie desarrollada durante casi diez años en Estados Unidos y presentada posteriormente en el Museo de Arte Contemporáneo de Salta. El proyecto acompañó un momento personal que, según cuenta, necesitaba procesar a través de su trabajo. Ahora, desde otra etapa de su vida, ha retomado una línea anterior que comenzó bajo el nombre de Life y que hoy se titula Futuro Brillante.

En su obra reciente conviven pinturas, esculturas, geometrías, colores intensos e imágenes que remiten a una idea familiar del bienestar: la vida idealizada de mediados del siglo XX, con sus promesas de progreso y prosperidad. Sin embargo, hay una contradicción evidente entre ese imaginario y el presente que habitamos. El futuro brillante que alguna vez prometió la cultura popular parece haberse transformado, en muchos sentidos, en una distopía.

Roncoli no necesita convertir su obra en un manifiesto político para reconocer esa tensión. Las imágenes que utiliza, las referencias culturales y los objetos que elige ya están atravesados por el tiempo en que vivimos.

Su transformación artística tampoco responde a una estrategia calculada. «Cada diez años me aburro y cambio», me dijo. Los ciclos de su trabajo parecen responder más a una necesidad interna que a una búsqueda consciente de posicionamiento. Después de pasar años explorando una estética, llega un momento en el que necesita moverse hacia otra cosa.

El color es parte fundamental de ese impulso. Cuando le pregunto cómo se atreve a utilizarlo con tanta libertad, responde que no se trata de atrevimiento: simplemente le sale. Es una distinción importante. Su práctica no parece partir de una fórmula que deba repetirse, sino de una curiosidad que necesita encontrar nuevas formas para mantenerse viva.

Viajar también le ha permitido relativizar las ideas que tenemos sobre los lugares donde vivimos. Después de residir en ocho o nueve ciudades diferentes, Roncoli tiene claro que ningún país, sistema político o presidente ofrece una solución perfecta. En cada lugar ha encontrado cosas que le sorprenden para bien y otras que le hacen valorar aspectos de su país de origen.

La experiencia de desplazarse, en ese sentido, no funciona como una huida ni como una búsqueda de un lugar ideal. Más bien, amplía la perspectiva desde la cual observa su propio entorno.

La ciudad también cambia de manos

Esta conversación sobre el movimiento terminó llevándonos a una cuestión que atraviesa muchas ciudades: los espacios donde trabajan los artistas y lo que ocurre cuando esos lugares comienzan a llamar la atención del mercado inmobiliario.

Roncoli lo ha visto en Buenos Aires y también en Miami, donde vivió durante una etapa de su carrera. En Wynwood, recuerda, los artistas ocuparon durante años una zona de talleres mecánicos y espacios industriales. Cuando el barrio se puso de moda, la inversión inmobiliaria comenzó a transformar el lugar y los precios subieron.

En Buenos Aires identifica procesos similares en barrios como Chacarita, Villa Crespo y Villa Ortúzar, así como en algunas zonas de Retiro, donde oficinas que quedaron vacías después de la pandemia abrieron nuevas posibilidades para talleres y espacios colaborativos.

Hay algo paradójico en este proceso. La presencia de artistas contribuye a construir la identidad de un barrio, pero esa misma transformación puede terminar expulsándolos cuando el lugar se vuelve atractivo para otros negocios. La creatividad abre una puerta que, más adelante, puede cerrarse para quienes la hicieron posible.

Aun así, Roncoli observa con interés la aparición de espacios de trabajo compartido y talleres accesibles. Para un artista que ha desarrollado buena parte de su carrera de manera independiente, disponer de un lugar donde producir sin asumir costos desproporcionados puede marcar una diferencia importante.

Su propia trayectoria es una muestra de esa independencia. Actualmente administra gran parte de su trabajo por cuenta propia: organiza su obra, establece relaciones con galerías, museos y centros culturales, y responde a las oportunidades que aparecen. No descarta la posibilidad de encontrar una estructura de representación que funcione, pero tampoco parece dispuesto a sacrificar su autonomía por una organización que no se adapte a su manera de trabajar.

El arte fuera del cuadro

En Puro Diseño, los art toys funcionaron como una primera conexión entre mi recorrido por la feria y el trabajo de Roncoli. Son objetos que parten de la cultura visual contemporánea y se sitúan en un territorio híbrido entre escultura, diseño, colección y cultura popular.

En Argentina, considera que este formato todavía está creciendo. Reconoce el trabajo de artistas como Kalaka, que ha desarrollado una propuesta propia en torno a estos objetos, y observa cómo las nuevas tecnologías, especialmente la impresión 3D, han reducido algunas de las barreras técnicas y económicas que antes dificultaban su producción.

Pero su interés por los objetos no es reciente ni responde exclusivamente a una tendencia. Roncoli lleva alrededor de veinte años trabajando con serigrafía, una técnica que permite reproducir imágenes en múltiples ejemplares y acercarlas a públicos más amplios. También ha explorado la creación de juguetes, floreros, esculturas y otros objetos vinculados con sus intereses personales.

Para él, el arte no tiene por qué permanecer encerrado en el formato tradicional de la pintura ni en los circuitos que históricamente han definido su circulación.

«Yo tengo mucho público que no me puede comprar un cuadro, pero me compra una serigrafía», explica. Y lo dice sin establecer una jerarquía entre ambos compradores. Una persona que adquiere una obra de menor precio no está participando de una experiencia artística menos válida que quien compra una pintura de miles de dólares.

Durante la entrevista, recuerda el tiburón de cartón que compró por cuatro dólares en una exposición antológica de Damien Hirst en el Museo Jumex de México. La anécdota sirve para ilustrar una idea sencilla: el valor de una obra no depende únicamente de su precio ni de la capacidad económica de quien la adquiere.

Un objeto puede entrar en la vida cotidiana de alguien, despertar una relación personal con el arte y permanecer durante años en su casa. Una serigrafía, una taza o un pequeño juguete pueden cumplir esa función sin necesidad de competir con una pintura de gran formato.

Esta perspectiva también cuestiona cierta solemnidad que todavía rodea al mundo del arte. Roncoli observa que muchas personas que disfrutan del arte no frecuentan galerías ni ferias especializadas. Compran por internet, conocen a un artista a través de un amigo o encuentran una pieza en una feria de diseño. No necesariamente se consideran coleccionistas, pero eso no significa que su relación con las obras sea menos significativa.

En su caso, el interés por estos formatos surge de una afinidad personal. Colecciona objetos, le gustan los juguetes, la música y el color. Produce floreros porque le gustan las flores y crea esculturas porque quiere investigar las posibilidades del medio. Después, si las piezas encuentran compradores, mejor.

«Yo siempre produzco para mí. Yo hago lo que yo quiero para mí. Nunca estoy pensando en el mercado», afirma.

No quiere decir que el mercado sea irrelevante para su trabajo, sino que no constituye el punto de partida de sus decisiones. La obra nace de una necesidad propia y luego encuentra, o no, su lugar entre otras personas. Para Roncoli, invertir ese orden puede terminar condicionando demasiado el proceso creativo.

La feria como una ruleta

Puro Diseño también abrió la posibilidad de conversar sobre el funcionamiento de las ferias y las expectativas que se depositan en ellas. Desde afuera, estos eventos pueden parecer una celebración continua de la creatividad: stands, visitantes, novedades y oportunidades de negocio. Pero detrás de cada participación hay una inversión económica que no siempre se recupera.

Roncoli es directo al respecto: «Yo siempre digo que el que más gana en las ferias es el que hace la feria».

La afirmación no implica que participar carezca de sentido. Al contrario, reconoce que las ferias permiten entrar en contacto con personas que de otra manera difícilmente conocerían el trabajo de un artista. Durante los días de Puro Diseño, por ejemplo, entregó alrededor de cuatrocientas tarjetas. Quizá no todas se traduzcan en ventas, pero cada una representa la posibilidad de establecer una relación nueva.

El problema aparece cuando la visibilidad se confunde con una garantía de rentabilidad. Las galerías y los artistas invierten dinero, tiempo y energía en preparar un espacio, transportar obras y atender al público, sin saber de antemano cuál será el resultado. A veces se vende mucho; otras, nada.

«Una feria es una ruleta», resume.

Por eso recomienda entenderlas como parte de una estrategia más amplia, no como una solución definitiva. Algunas participaciones pueden generar ventas, otras contactos y otras simplemente permitir que una obra llegue a un público diferente. El valor de estar presente no siempre se mide en el momento.

Su reflexión también pone en duda la idea de que existe un único camino para construir una carrera artística. Las galerías siguen siendo importantes, pero no son la única vía de circulación. Las ferias de diseño, las plataformas digitales, los museos, los espacios independientes y las relaciones personales forman parte de una red que cambia constantemente.

En ese contexto, la capacidad de adaptarse importa tanto como la de producir. Roncoli ha trabajado con instituciones y galerías, pero también ha encontrado oportunidades en espacios menos convencionales. No parece interesado en escoger un solo canal y descartar los demás. Prefiere mantenerse abierto a lo que pueda surgir, sin perder de vista sus propias motivaciones.

La cultura está en la calle

Hacia el final de nuestra conversación, le pedí dos consejos para quienes comienzan a desarrollar una práctica artística. Su respuesta fue menos una lista de recomendaciones profesionales que una declaración sobre la manera en que entiende el arte.

El primero fue viajar. Salir del país, vivir en otros lugares durante una temporada y conocer otras formas de relacionarse con el mundo. No necesariamente para encontrar mejores condiciones, sino para ampliar la mirada y reconocer que ninguna realidad es absoluta.

El segundo fue trabajar sin prejuicios.

«Hacé lo que se te cante y donde se te cante porque tenés la calle», me dijo.

La frase resume buena parte de lo que habíamos conversado. La cultura, para Roncoli, no pertenece exclusivamente a las instituciones que la exhiben ni a los espacios que la legitiman. Existe antes de que alguien la convierta en una obra: en las costumbres, los gestos, los trabajos, los rituales y las formas de vivir que construyen la experiencia colectiva.

«La cultura no está en los museos, no está en las galerías de arte, la cultura está en la calle», afirma.

Después viene el artista, que observa, interpreta y transforma esa experiencia en una obra. Pero la obra no agota la cultura de la que nace. Roncoli menciona a las mujeres que venden tacos en una esquina de México y al hombre que duerme frente a una puerta. También recuerda que hay sociedades donde las personas se visten de negro para despedir a sus muertos y otras donde se visten de blanco. Son formas distintas de habitar el mundo, y todas forman parte de aquello que alimenta la creación.

La idea resulta especialmente pertinente en una época en la que el arte parece estar cada vez más condicionado por las plataformas, los circuitos comerciales y la necesidad de construir una identidad reconocible. Frente a esa presión, Roncoli insiste en mantener la curiosidad, desplazarse, observar y trabajar sin anticipar demasiado el resultado.

Al salir de su estudio, me quedó la impresión de que su nomadismo no se limita a la geografía. También se desplaza entre disciplinas, materiales y formas de circulación; de la pintura al juguete, de la serigrafía a la escultura, del museo a la feria de diseño. No parece buscar una definición definitiva de lo que hace, sino conservar la posibilidad de cambiar.

Quizá por eso su trabajo no se entiende del todo si se observa únicamente desde la pintura o desde sus reconocimientos internacionales. Hay que mirar también los objetos, las decisiones que toma al producirlos, los lugares donde los presenta y las personas que terminan llevándolos a sus casas.

Al final, esa es una de las cosas que más me interesan de estas conversaciones: descubrir que detrás de una práctica artística hay maneras distintas de entender el mundo, y que conocerlas puede ayudarnos a mirar de otra forma lo que tenemos alrededor.

De paso es, precisamente, eso: encontrarse con alguien durante el camino, escuchar lo que tiene que decir y continuar el viaje con algunas preguntas nuevas.

 


 

Roncoli en 7 datos

1971 — Nace en Buenos Aires, Argentina.

1995 — Egresa de la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón.

2004 — Deja la publicidad para dedicarse por completo al arte y presenta Merienda, su primera exposición individual en Buenos Aires.

2015 — Es elegido para crear la imagen oficial de la 16.ª edición de los Latin GRAMMY.

2017 — Gana el Latin Grammy en la categoría Mejor Diseño de Empaque por El Orisha de la Rosa, álbum del músico colombiano Magín Díaz.

2018 — El equipo de dirección de arte del mismo álbum obtiene el Grammy estadounidense en la categoría Best Recording Package.

2024 — Presenta Poliedro en Mar del Plata, una propuesta inmersiva que integra las artes visuales con música compuesta por el propio artista.






 

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