Del jaguar al grafiti: el pin como elemento identitario
Autor: José Ortiz · Follow // Tiempo de lectura 7 min
Hace un tiempo, el pin de un jaguar encendió las redes y generó toda una batalla política. El Gobierno de Rodrigo Chaves se apropió del jaguar como emblema de su gestión y convirtió un pedazo de metal en símbolo de una ideología.
Sin embargo, la historia del pin como instrumento de comunicación no es nueva, y en nuestro país desde hace mucho tiempo es usado por artistas urbanos para mantener viva su cultura.
Pines de colección de Masa Crítica, disponible aquí
La historia y el poder de los pines se remonta a 1800 a. C., cuando los egipcios descubrieron las técnicas básicas para crear insignias metálicas cubiertas con esmalte. Siglos después, los griegos llenaron con vidrio en polvo las filigranas de sus diseños, y entre 1271 y 1368 d. C. los artesanos chinos de la dinastía Ming perfeccionaron la técnica que dio origen a los primeros enamel pins tal como los conocemos hoy.
En la era victoriana, los pines se convirtieron en símbolos de estatus y elegancia, especialmente en Inglaterra y Francia. Ya en el siglo XX, adquirieron un fuerte valor político y militar: formaban parte del uniforme de los soldados y eran motivo de orgullo e identidad. Durante las décadas de 1920 y 1930 comenzaron a utilizarse con fines comerciales; pero fue entre 1950 y 1960 cuando los jóvenes los resignificaron como instrumentos de expresión y resistencia. De ser objetos decorativos pasaron a ser declaraciones personales: insignias contraculturales.
Fue en ese espíritu rebelde donde los pines encontraron terreno fértil en la cultura del skate y el grafiti. En ambos mundos, la identidad lo es todo. Los enamel pins funcionan como insignias personales o tribales: representan crews, marcas, spots o artistas. Igual que una etiqueta (tag) o un sticker, un pin puede ser una firma portátil. Su diseño toma prestado el lenguaje visual del arte urbano: tipografías tipo throw-up, colores intensos, contornos marcados y humor subversivo; trasladándolo del muro o la tabla al cuerpo. Así, el pin se convierte en una micropieza de arte urbano, una extensión del espacio público en el territorio íntimo de la ropa o la mochila.

Colaboración Gallo Pin x Salsa Lizano
Tanto el skateboarding como el grafiti nacen de una lógica Do It Yourself, que busca crear fuera de los sistemas establecidos. En ese sentido, el pin encarna también la autogestión creativa, del mismo modo que una marca local de decks o un fanzine de grafiti. Cada pin es una declaración diminuta de independencia estética.
En el ámbito político, el uso de pines esmaltados tampoco es nuevo. En Estados Unidos, Richard Nixon fue el primero en llevar una bandera en la solapa, inspirado, curiosamente, por la película El candidato (1972), protagonizada por Robert Redford, aunque el gesto perdió brillo tras su escándalo. Años más tarde, Madeleine Albright le devolvió carga simbólica cuando los medios iraquíes la llamaron “la víbora”, y como respuesta lució un pin de serpiente en cada reunión diplomática en Irak. Convirtió así un adorno en discurso.
En Costa Rica, los pines han tenido una historia más discreta pero no menos significativa, en un inicio la mayoría se importaban y tenían poca relación con la idiosincracia del país.
Durante décadas fueron objetos principalmente promocionales, producidos por empresas locales como la Fábrica Nacional de Trofeos para campañas publicitarias, instituciones y clubes.. Hoy en día la oferta es un poco más amplia y destacan empresas como GalloPin, que se han enfocado en el tema de los souvenirs y las colaboraciones con marcas comerciales como la Salsa Lizano y la que realizaron con el Chunche Montero. En los últimos años han sido los diseñadores los que realizan la mayoría de los pines. Un caso que llama la atención es el de Jéssica Fernández (@jess_tales), quién desde el 2016 ha lanzado más de 100 pines con diseños originales, siempre buscando la forma de innovar en acabados, efectos y detalles. Sus temas son diversos, sin embargo su intención es rescatar elementos del pasado que evocan nostalgia, transmitir mensajes con los que las personas puedan conectar. Según relata, sus clientes son personas que realmente valoran y apoyan el diseño local. No buscan algo genérico sino piezas con las que se sientan identificadas y/o que les transmitan algo.

Pines conmemorativos de la Universidad de Costa Rica, Fábrica Nacional de Trofeos
Del jaguar presidencial al souvenir, del símbolo patriótico al gesto callejero, el pin sigue siendo un pequeño campo de batalla por su significado. Condensa historia, poder y pertenencia en apenas unos centímetros de metal. En él se cruzan el lenguaje del Estado y el del barrio, la insignia del uniforme y la firma del muro. Hoy, los pines circulan en ferias de diseño independiente, galerías alternativas y pop-ups de arte urbano. Son objetos que dialogan con la memoria, con la moda, con la política. En su superficie brillante se reflejan siglos de poder y resistencia.
Al fin y al cabo un pin nunca es solo un pin. Es un fragmento de identidad que se sujeta al pecho como quien carga una bandera o un secreto. En su brillo caben siglos de poder, orgullo y resistencia. El mismo objeto que un día distingue a un soldado o a un presidente, al siguiente cuelga de la chaqueta de un skater o de la mochila de un grafitero.
Un objeto mínimo, sí, pero capaz de recordarnos que los símbolos, cuando cambian de manos, también cambian de alma.

Pines exclusivos del desaparecido Hard Rock Cafe Costa Rica
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