Decisiones que no tienen nombre

Decisiones que no tienen nombre

Autor(a): Luis Fernando Quirós Valverde Follow // Tiempo de lectura 5 min

Los murales, al igual que los grafitis, se inscriben dentro del arte público y, en ciertas lecturas, también del arte político. Existe, además, un estrato que los sitúa en el ámbito del arte callejero: manifestaciones de naturaleza cambiante, a menudo anónimas, susceptibles de ser intervenidas y resignificadas con el paso del tiempo, como quien pasa la página de un libro en permanente reescritura cultural.

Esa condición abierta, sin embargo, también los expone a cuestionamientos, especialmente cuando dichas intervenciones se realizan —a veces en detrimento de la idea original— sobre superficies que poseen un valor histórico o simbólico. Tal es el caso de los muros perimetrales del Centro Nacional de la Cultura (CENAC), antigua Fábrica Nacional de Licores (FANAL), cuyas paredes, en tanto patrimonio, trascienden lo individual: no pertenecen a una persona ni se agotan en la administración estatal, sino que forman parte de una memoria colectiva más amplia. Por ello, resulta pertinente interrogar las motivaciones y criterios que justifican su intervención.

El medio digital Delfino publicó un texto de la comunicadora Victoria Olaso (https://delfino.cr), donde se informa que el Ministerio de Cultura y Juventud inauguró dos nuevos murales en el CENAC y en la Escuela Casa del Artista Olga Espinach Fernández, como parte del Festival Internacional de las Artes (FIA37). Según se detalla, estas obras se desarrollaron en el marco del concurso “Arte en Muros”, impulsado en 2025 a través del Parque La Libertad, con el objetivo de promover el arte público y fortalecer la apropiación de los espacios culturales.

En paralelo, publiqué en el medio en línea Paraíso con Voz el malestar de un sector de la población, reflejado en diversos comentarios surgidos en redes sociales a propósito del FIA 2026. En ellos se cuestionaba la organización del evento y su orientación estética, señalando un posible debilitamiento de su carácter pionero y una percepción de escaso apoyo al talento nacional. Estas reacciones, más allá de su tono, evidencian tensiones reales dentro del campo cultural.

Murales en la antigua FANAL

Las intervenciones recientes en los muros de la antigua FANAL constituyen hoy otro foco de debate. Desde una perspectiva crítica, puede sostenerse que algunas de estas propuestas parecen alinearse más con lenguajes gráficos cercanos a lo publicitario que con procesos de investigación estética profunda. Esta apreciación no busca descalificar a sus autores, sino abrir una discusión sobre la pertinencia de ciertos registros visuales en espacios cargados de memoria histórica.

En ese sentido, cabe preguntarse si estas intervenciones dialogan efectivamente con la tradición artística del país o si, por el contrario, se distancian de referentes fundamentales como Francisco Amighetti o Jorge Debravo, cuyas obras han contribuido a construir una sensibilidad cultural vinculada con lo social, lo simbólico y lo identitario.

Como señalé anteriormente en redes, muchas de estas imágenes parecen responder a una lógica visual más cercana a la ilustración comercial, con un tratamiento superficial de lo folclórico y escasa relación con las problemáticas contemporáneas del país. En ese sentido, no logran activar un diálogo crítico con el contexto ni con las tensiones que atraviesan el quehacer artístico nacional. Están pisoteando el valor patrimonial de la iconografía y el lenguaje visual del arte de nuestros pueblos originarios, pues no son apropiaciones, sino que se están violando los íconos de la herencia del pasado. Importa recordar que estas no son pegas impresas en material adhesivo en un camión repartidor o en el bus que recorre las vías de la ciudad, son paredes inmemoriales que han sido testigos de la historia josefina.

Desde mi posición dentro de una línea de contracultura —particularmente desde el colectivo Museo de Pobre & Trabajador, que integro junto al artista Rolando Castellón— consideramos necesario señalar estas situaciones. No se trata de rechazar la intervención del espacio público, sino de cuestionar cuando esta se limita a soluciones visuales complacientes, carentes de profundidad conceptual o desvinculadas de procesos de investigación artística. Se trata de manifestaciones que pisotean la memoria cultural e intentan sumirnos hoy como nunca en atmósferas de falso bienestar, aunque el mundo esté derrumbándose.

Asimismo, preocupa la posibilidad de que este tipo de intervenciones se extienda a otros espacios de alto valor histórico, como el Teatro Nacional o el Museo Nacional, cuyos inmuebles requieren criterios de conservación rigurosos y una comprensión sensible de su significado cultural. Preservar estos espacios no implica inmovilizarlos, sino intervenirlos con responsabilidad, conocimiento y respeto por su densidad simbólica.

En ese marco, la discusión no debería cerrarse en la oposición entre arte contemporáneo y patrimonio, sino abrirse hacia la construcción de criterios más sólidos y transparentes para la toma de decisiones. Esto incluye fortalecer los procesos curatoriales, garantizar la participación de especialistas en patrimonio y fomentar un diálogo real con la comunidad artística.

Solo así será posible transformar el malestar en una oportunidad: no para silenciar la crítica, sino para encauzarla hacia políticas culturales más consistentes, donde la creación contemporánea y la memoria histórica no se anulen, sino que se potencien mutuamente. 

 

Regresar al blog

2 comentarios

Coincido. Hay muros con valor histórico y estético que se deben respetar como lo que son.

Paquita Cruz

Muchas gracias a Masa Crítica por la edición de este texto ampliando su sentido crítico y por la divulgación que está alcanzando en favor de nuestra cultura pisoteada con estos murales

LUIS FERRNANDO QUIROS

Deja un comentario

Ten en cuenta que los comentarios deben aprobarse antes de que se publiquen.

Publicidad