Agua, luz y papel
Apuntes para una historia de la acuarela en Costa Rica
Autor: José Ortiz · Follow // Tiempo de lectura 7 min
Pocas técnicas pictóricas han calado tan hondo en la identidad visual costarricense como la acuarela. Practicada desde finales del siglo XIX, terminó por convertirse en un medio de expresión asociado a la luz, la transparencia y el paisaje del país.
El primer registro conocido de acuarela con temática costarricense corresponde al pintor Felipe J.J. Valentini, quien entre 1863 y 1866 retrató el golfo de Nicoya y la provincia de Limón; la mayor parte de esa obra se conserva hoy en Nueva York.
El verdadero punto de inflexión llegó con Tomás Povedano de Arcos, pintor español formado en las academias de Málaga y Sevilla. Contratado por el presidente Rafael Iglesias Castro, Povedano fundó en 1897 la Escuela Nacional de Bellas Artes y fue su primer director. De marcado estilo académico, se le reconoce explícitamente como quien introdujo la acuarela en Costa Rica, técnica que empleó para estudios de retratos, de la flora nacional y en especial para las orquídeas. Bocetos suyos en acuarela, como los preparatorios para la obra Hombres secando el café, muestran ya el manejo de luz y transparencia que después caracterizaría a la escuela nacional.

Tomás Povedano, Beneficio de café No. 2, sin fecha
Durante la década de 1930, en el marco del movimiento nacionalista costarricense, la acuarela se consolidó como vehículo de una identidad artística propia. Historiadoras como Ileana Alvarado Venegas y María Enriqueta Guardia sitúan justamente en esa década el inicio de la tradición acuarelística nacional, con Fausto Pacheco y Margarita Bertheau como figuras fundamentales. Los artistas descubren que la acuarela posee ventajas únicas para pintar al aire libre, como la rapidez, la espontaneidad, transparencia y la facilidad para transportar los materiales, por lo que el paisaje costarricense comienza a representarse mediante manchas de color más que mediante dibujos detallados.
Fausto Pacheco fue un pintor, grabador y fotógrafo costarricense, autodidacta en la pintura. Fue conocido principalmente por sus acuarelas de paisajes, y desde el punto de vista del desarrollo de la pintura paisajista nacional, se le considera el pintor más importante de la generación de los años 1930. Su formación formal fue escasa: cursó sus primeros estudios en el Liceo de Heredia y fue alumno del pintor Ezequiel Jiménez Rojas, el iniciador del paisajismo nacional. A los 18 años ya impartía clases de dibujo en la Escuela Normal, actividad que abarcó hasta 1920. Trabajó también como fotograbador y fotógrafo para el Diario de Costa Rica desde 1928, y como dibujante litógrafo en periódicos panameños. A partir de 1942 fue profesor de la Academia de Bellas Artes de la Universidad de Costa Rica. La mayoría de sus trabajos buscaban capturar la belleza escénica de su Heredia natal y del Valle Central. Casi toda su obra tiene como temática la naturaleza y la casa de adobe, figura que se convirtió en símbolo del paisaje costarricense y motivo de una vasta creación artesanal y folclórica. Construyó sus obras mediante un dibujo sólido y un gran uso de cerúleos y ocres, especialmente notorio en las acuarelas. Su enfoque es romántico y emotivo, ausente de dramatismo, y aunque casi nunca aparecen personas en sus trabajos, objetos como carretas, fogones, cercas, portones y caminos empedrados sugieren presencia humana.

Fabio Herrera, Cantero en Coronado, acuarela, 1975
No se puede hablar de acuarela sin mencionar a Margarita Bertheau Odio, quien es, según coinciden museógrafos e historiadores, la figura que revalorizó por completo la acuarela en el país, hasta entonces considerada apenas una herramienta de boceto y no un fin artístico en sí mismo. Aprendió dibujo con Fausto Pacheco, viajó de niña a La Habana donde estudió en la Academia de San Alejandro y en el taller de Rafael Lillo y Foraster y más tarde amplió su formación en Bogotá. De regreso en Costa Rica fue profesora en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Costa Rica durante cerca de treinta años, formando a generaciones de acuarelistas.
Su obra abarcó paisaje urbano, marino y de montaña, retrato, bodegón y, en su etapa final, escenas de interiores campesinos tratadas con un notable manejo del claroscuro. Junto con Francisco Amighetti fue pionera del muralismo costarricense, y en 1967 obtuvo el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría de Pintura. Menos conocida es su incursión, en 1953–1954, en un lenguaje de vanguardia; la geometría y la abstracción. La crítica de la época rechazó por considerarlo una traición a su estilo "conocido", episodio documentado y reivindicado siete décadas después por la exposición Margarita Bertheau Inédita del MAC.
De esa misma generación y su entorno directo formaron escuela Teodorico Quirós y Francisco "Paco" Amighetti, mientras que Luis Daell dio continuidad pedagógica a la técnica en décadas posteriores, según se cuenta a solicitud de la misma Bertheau.
Entre 1960 y 1990 la acuarela deja de depender de un pequeño grupo. Surgen numerosos artistas entre ellos: Ana Griselda Hine, Magda Santonastasio, Flora Zeledón, Margarita Gómez de Figuls, Fabio Herrera y Gisela Stradtmann.
Entre este grupo vale la pena rescatar a Doña Ana Griselda Hine quien representa el puente entre la escuela heredada de Bertheau y la acuarela costarricense contemporánea. Se licenció en Artes Plásticas en la Universidad de Costa Rica y, gracias a una beca Fulbright-LASPAU, obtuvo en 1983 una maestría en grabado en la Universidad de Cincinnati. Inició su carrera destacando simultáneamente en grabado en metal y acuarela; problemas de salud derivados de los químicos usados en el grabado la llevaron a concentrarse en la acuarela.

Ana Griselda Hine, Retrato de niña, acuarela sin fecha
Entre sus reconocimientos figuran la Medalla de Oro del Salón de Acuarela Margarita Bertheau (1979, Museo Nacional) y el primer premio del concurso Pfizer "Homenaje a la Acuarela Costarricense" (1989). Fue profesora de dibujo, grabado y acuarela en la Escuela de Artes Plásticas de la UCR entre 1976 y 1990, y desde entonces imparte talleres de manera independiente. Su obra ha sido descrita por la dirección del MAC como sinónimo de "luminosidad y transparencia" (exposición Rutas por la acuarela, Consejo Universitario UCR, 2020).
Su aporte no se limita a lo pictórico: Hine es socia fundadora de la Asociación Costarricense de Acuarelistas (ACA), que presidió en dos periodos (2002–2004 y 2008–2010), institución clave en la profesionalización del gremio.
Otro protagonista de toda esta evolución es Fabio Herrera Martínez, descrito por la prensa cultural costarricense (Semanario Universidad, "Fabio Herrera, pintor del agua lúcida", 2019). Ingresó a la Universidad de Costa Rica en 1972, estudió diseño gráfico en la Escuela Massana de Barcelona (1977) y grabado en el CREAGRAF de la UCR (1980).
Comenzó a pintar acuarelas de paisaje rural desde adolescente en Pérez Zeledón, su pueblo natal, y a los 19 años ganó el primer premio del IV Certamen de Paisaje Rural. En 2019, la Galería Nacional del Museo de los Niños presentó una retrospectiva con 200 acuarelas suyas que abarcaban 52 años de trayectoria, bajo el título La luz permanece (Semanario Universidad, 2019). Obtuvo el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en dos ocasiones (serigrafía, 1991; pintura, 1997). A partir de los años noventa su obra derivó hacia la abstracción geométrica y gestual, sin abandonar del todo el ejercicio acuarelístico que marcó su formación.
El 2 de febrero de 2002 un grupo de artistas, entre ellos Ana Griselda Hine, Dunia Molina, José Miguel Yglesias, Juan Carlos Camacho y Luis Paulino Delgado fundaron la Asociación Costarricense de Acuarelistas (ACA), con el objetivo de promover la técnica y proteger los intereses profesionales de quienes la practican. Para su primera década, la agrupación ya había participado en bienales de acuarela en México y trienales en Colombia, y sus obras se habían exhibido en espacios públicos de San José, alcanzando, según sus propios registros, a millones de personas (Semanario Universidad, "La acuarela resurge en la plástica nacional", 2012).

Margarita Bertheau, Salto al mar, acuarela, 1953
En 2006, los Museos del Banco Central presentaron la exposición y publicación Agua, color y permanencia: la historia de la acuarela en Costa Rica, de Ileana Alvarado Venegas y María Enriqueta Guardia, primer esfuerzo historiográfico integral sobre el tema, seguido en 2011 por La Acuarela en Costa Rica, de Efraín Hernández Villalobos en conjunto con la ACA. En 2011 la propia Asociación recibió el Premio Nacional de Cultura Aquileo J. Echeverría en Artes Plásticas, reconocimiento inédito para una agrupación dedicada a esta técnica.
Actualmente, la Asociación Costarricense de Acuarelistas continúa activa como organización profesional que apoya el desarrollo y la promoción de la acuarela en Costa Rica mediante exposiciones en importantes instituciones culturales, con miembros activos que han expuesto internacionalmente y una programación de exposiciones colectivas de diversos estilos de acuarela, realizadas por artistas costarricenses consagrados y emergentes. Su exhibición insignia, Costacuarela, sigue vigente: en 2025-2026 se presentó en el Museo Regional de San Ramón. Algo notable es el hecho de que Costacuarela ya tiene una dimensión internacional consolidada: en una edición reciente reunió las piezas de sus 30 asociados y de 13 miembros de una asociación de artistas plásticos de Kyushu, Japón, con obras que iban desde retratos, paisajes costeños y rurales, bodegones y piezas abstractas.
Paralelo al circuito de la ACA hay una capa más comunitaria y pedagógica, menos "consagrada" pero muy viva. Ejemplos concretos: el Grupo Matices de Cartago, que reúne obras de un taller local con temáticas de patrimonio arquitectónico, cultural y natural de Cartago y otras regiones de Costa Rica, y que se plantea explícitamente como vehículo de memoria y expresión y como forma de fortalecer el vínculo entre comunidad y creación artística.

Fausto Pacheco pintando al aire libre
Han pasado más de cien años desde que Povedano usó la acuarela como simple apunte de trabajo, sin saber que esos bocetos abrirían una escuela. Bertheau, que la heredó como herramienta menor, terminó por convertirla en un oficio que enseñó durante treinta años, casi como un apostolado; de ahí salieron Hine y toda una generación que aprendió que la transparencia también podía ser un medio serio.
Cada acuarela colgada en la pared representa casi un siglo de trabajo silencioso: generaciones que insistieron, una tras otra, en convertir a esta técnica en un lenguaje con identidad nacional.