Teodorico Quirós expresionista: el color de la emoción
Autor: José Ortiz · Follow // Tiempo de lectura 6 min
Teodorico Quirós (1897–1977) es, sin duda, uno de los artistas fundacionales de la historia del arte costarricense, no solo por la calidad de su obra, sino por el papel determinante que desempeñó en la consolidación de una identidad visual nacional. Por ello, la exposición Expresionista presentada en el Museo de Arte Costarricense constituye un acontecimiento imprescindible: ofrece una relectura profunda de uno de los períodos menos estudiados del artista, centrado en las obras realizadas a partir de mediados de los años sesenta, cuando Quirós se aparta deliberadamente del lenguaje impresionista que le dio renombre.

La Carpintera, 1974
Su etapa impresionista, caracterizada por el manejo luminoso del color y la captación casi atmosférica del campo, fijó los pilares iconográficos con los cuales generaciones posteriores interpretarían la ruralidad y la imagen del país. Como señala Carlos Guillermo Montero, “Teodorico Quirós elevó el paisaje cotidiano a símbolo, convirtiéndolo en un espacio de pertenencia y de memoria cultural” (Montero, Historia de la pintura costarricense, 2004).
Sin embargo, hacia las últimas décadas de su vida, el artista consideró que representar fielmente la apariencia visible ya no era suficiente. Inició entonces un giro introspectivo orientado a expresar emociones, tensiones y estados anímicos que no podían resolverse mediante el impresionismo. Ulloa Barrenechea (Pintores de Costa Rica, 1974) llegó a afirmar que en esa etapa “la expresión toma la iniciativa con aire violento. La técnica pierde mucho de sus conquistas en ganancia del grafismo subjetivo y temperamental. Los diseños alcanzan el vigor fauve. Las formas se cargan de movimiento ondulante, retorcimientos y vaivenes. El dibujo se agrieta y distorsiona. Las composiciones se tornan más confusas, menos arquitectónicas. Pero desde este mundo macroscópico emerge como médula constante el particular tono de individualizada soledad y de aislamiento recogido”. Obras como La Carpintera (1974) o Arboles del recuerdo (1974) son ejemplos vibrantes de ese deseo de transmitir emociones, y también, cabe destacar los tres paneles de los cinco que componen la serie Xibalbá, propiedad del Instituto Costarricense de Turismo y que en pocas ocasiones habían sido expuestos al público.
Walter Fernández publicó recientemente un análisis extenso de las obras de este período (Walter Fernández, La obra expresionista de Teodorico Quirós de 1969-1977, Revista del Archivo Nacional, 2025) y quiero rescatar su apreciación sobre Paisaje No. 4 de la colección del Instituto Nacional de Seguros: “La tonalidad del camino y gran parte del área adyacente es la misma que la del cielo, por lo que para captar el horizonte utiliza un color azul pintando una estructura que se interpreta como montañosa y que extiende a parte de la superficie. Unas áreas de color verde y café en la superficie y variaciones en la intensidad de la tonalidad le dan a la obra una extraordinaria expresividad que inducen a una profunda reflexión, tal vez a lo que Ulloa Barrenechea se refería como “individualizada soledad y de aislamiento recogido”. Es evidente que el paisaje se convierte así en un espejo del momento psicológico del artista, un espacio donde se reflexiona sobre la vida, la plenitud y la inminencia de la muerte.

Arboles del Recuerdo, 1974
Ese tránsito hacia un lenguaje más subjetivo aproxima a Quirós a las búsquedas expresionistas europeas, aun cuando el contexto costarricense carecía de movimientos formales equivalentes. Como señala María Enriqueta Guardia, “el expresionismo de Quirós no es imitación, sino necesidad vital: emerge cuando la realidad ya no basta para contener lo que el espíritu demanda expresar” (Guardia, Teodorico Quirós: símbolo y modernidad, 2011).
Este cambio en Quirós no fue un caso aislado. Más bien, se inserta en un proceso común a muchos artistas que, tras dominar la representación de la luz y la atmósfera, sienten la urgencia de ir más allá de la apariencia material para expresar lo interno.
El ejemplo más emblemático es Vincent van Gogh. Aunque sus primeros trabajos se inscriben en un realismo sombrío, al llegar a París integró la paleta clara y las pinceladas fragmentadas del impresionismo. Sin embargo, pronto se apartó del canon: utilizó el color de forma arbitraria y expresiva, cargándolo de simbolismo emocional, y transformó la pincelada en un vehículo de su estado mental. Obras como La noche estrellada (1889) ilustran su desplazamiento hacia un lenguaje en el que la naturaleza se vuelve también paisaje interior (Naifeh & Smith, Van Gogh: The Life, 2011).

Paneles de la serie Xibalbá, 1969
Otro caso paradigmático es Edvard Munch, quien inicialmente asimiló el uso impresionista del color en su contacto con la pintura francesa. Pero consideró rápidamente que el impresionismo era “demasiado superficial para abordar las fuerzas invisibles que gobiernan la existencia humana” (Eggum, Edvard Munch: Paintings, Sketches, and Studies, 1984). Sus líneas sinuosas, figuras desestabilizadas y escenarios cargados psíquicamente muestran cómo simplificó la forma para hacer visible la angustia, el deseo o la fragilidad.
También Wassily Kandinsky, antes de convertirse en el pionero de la abstracción, produjo paisajes plenamente impresionistas. Con el tiempo, sus colores empezaron a separarse de la realidad visible, guiados por lo que él mismo llamó “la necesidad interior” (Über das Geistige in der Kunst, 1912). Aquella evolución revelaba una búsqueda espiritual más profunda que la mera observación del entorno.

Paisaje No. 4, 1976
En este contexto, el viraje expresionista de Teodorico Quirós adquiere una dimensión universal y, a la vez, profundamente personal. Su transición se alinea con un patrón histórico compartido: el artista que, tras dominar la representación naturalista, descubre que la verdad emocional exige un nuevo lenguaje.En definitiva, la etapa expresionista de Teodorico Quirós no debe entenderse como una ruptura menor ni como un episodio marginal dentro de su trayectoria, sino como la culminación de un proceso interno en el que la pintura se transforma en lenguaje emocional. Este período revela a un artista que, lejos quedarse en la comodidad del estilo que lo consagró, se atrevió a explorar zonas de incertidumbre estética para alcanzar una verdad más profunda. La exposición evidencia esa valentía creadora y permite reconsiderar a Quirós no solo como fundador de la iconografía nacional, sino como un modernista pleno, capaz de dialogar con las tensiones universales del arte del siglo XX. Redescubrir esta faceta es, sin duda, una forma de acercarse a la dimensión humana de un pintor que entendió que el arte no solo representa el mundo sino que puede ser un medio de expresar emociones y transformarlo.