Max Jiménez Huete: el cultivo estético de la rebeldía
Autor(a): Luis Fernando Quirós Valverde · Follow // Tiempo de lectura 7 min
Aunque pudiera parecer extraño introducir un repaso a la obra artística de Max Jiménez Huete —expuesta desde enero de 2026 en el Museo Rafael Ángel Calderón Guardia, en San José— a partir de un argumento crítico que trasciende su identidad y sus trazos biográficos, resulta inevitable reconocer que la obstinación, la indocilidad y la indomabilidad son gestos inherentes a aquellos artistas que se manifestaron junto a las vanguardias del arte moderno. Expresionismo, surrealismo y dadaísmo encarnaron el carácter indómito del individuo creativo, ese impulso que lo catapulta a ejercer los dominios y las esencias del arte contemporáneo.

Como ha señalado Karla Arce, Max Jiménez fue un creador que rechazó los esquemas y toda forma de asimilación complaciente. Inquieto por naturaleza, nunca permaneció demasiado tiempo en un solo lugar, condición que marcó tanto su vida como su producción artística. Vivir lejos del lugar de nacimiento implica, como sugiere el emperador Adriano en las palabras recreadas por Marguerite Yourcenar, apartarse de aquel sitio “donde se puso por primera vez una mirada de sabiduría”.
Jiménez Huete tiñe su obra con un azul índigo de nostalgia. El paisaje que construye es más interior que exterior: una evocación de la cultura vivida y atravesada por múltiples disciplinas —la música, la poesía, la literatura—, por el interés en las jergas populares y en las etnias diversas, por una poética intensa y una profunda identificación con la tierra y la ancestralidad. Algunos artistas, como él, pertenecen más que a un solo lugar o región: pertenecen al universo, no por una declaración de voluntad, sino por la trascendencia de sus creaciones.
Su estancia en Cuba lo acercó a la temática del negro en la pintura y al motivo recurrente de la ventana. A la vez, su obra revela una morfología vinculada a la escultura prehispánica: el grosor de los miembros, los cuerpos compactos, la fuerza contenida. Sin embargo, estas figuras no son hieráticas; se animan a través del trazo de los ojos, cuyos rasgos parecen reflejar los del propio artista.

Max Jiménez Huete (1900–1947) fue escritor —novelista, poeta y ensayista— y artista visual costarricense. Vivió en París, La Habana, Madrid y Chile, y falleció en Buenos Aires, en la búsqueda de ese sol que calentara mejor la añoranza, tan propia de la experiencia migrante. No es casual que la muestra presentada en el Museo Calderón Guardia lleve por título Entre candelillas y quijongos. Una fusión sonora y cultural que habla de raíces y memorias: un signo polifacético que expresa el tránsito constante entre lo verbal, lo pictórico, lo escultórico y lo gráfico, desde una misma fuente creadora.
Pintor, escultor, grabador, poeta
La obra de Jiménez Huete contribuyó a afirmar la trascendencia de las vanguardias y de las estéticas internacionales como puntos de inflexión donde hundir en la tierra las semillas de nuestras maneras de ser y de creer. El arte vanguardista, como postura rebelde, constituye una forma de enfrentamiento del artista con su mundo y consigo mismo.

Su producción visual está poblada de personajes de ascendencia africana o de raíces originarias ancestrales, dotados de grandes ojos expresivos que remiten a una profunda mirada existencial. Manos desproporcionadas, cargadas de fuerza simbólica, cuerpos voluptuosos y sensuales, se articulan mediante la curva y la contracurva como principios compositivos. Estas figuras no solo se muestran: hablan, interpelan, poetizan.
En su obra se abre una doble ventana: una hacia el mundo exterior y su contexto histórico, y otra hacia la interioridad simbólica del artista. Al recorrer la muestra, el espectador se enfrenta a un carácter provocativo que lo conduce inevitablemente a preguntarse por sí mismo, por su propia posición frente a la creación y la mirada.
Resuena aquí, una vez más, el pensamiento de Adriano, cuando concibe el erotismo como una forma de conocimiento del otro, un punto de contacto donde el misterio y la dignidad del prójimo sostienen la posibilidad del encuentro. Esa tensión entre cercanía y distancia atraviesa la obra de Jiménez Huete.
Quizás uno de sus aportes más significativos al arte nacional fue establecer un vínculo directo con los movimientos estilísticos que emergían mientras él era un joven creador, y desde allí ejercer una mirada crítica sobre el mundo del arte entendido como campo de batalla vital. Frente a los intereses hegemónicos, Jiménez Huete asumió una postura incómoda, escéptica, consciente de los mecanismos que convierten al productor cultural en un actor subordinado.

Esta actitud se manifiesta también en su obra literaria. Domador de pulgas (1928) ha sido descrito como un “libro crucigrama”, que el lector arma sin claves ni símbolos, a partir de la identificación, el lenguaje y la participación crítica. Esa misma lógica se prolonga en su pintura, concebida como un juego de azares que invita al espectador a recomponer y reimaginar el legado del artista desde su propia mirada.
Esta condición abierta y multiplicadora conecta su obra con nociones contemporáneas como la del rizoma, entendida como una raíz que se expande y brota de manera imprevisible, tal como lo plantearon Gilles Deleuze y Félix Guattari.

Intertextualidad latente
El carácter gestual de la obra de Jiménez Huete dialoga, sin diluirse, con referentes como Dos mujeres corriendo (1922) de Pablo Picasso, con las monumentales figuras femeninas del cartaginés Fernando Carballo o con la escultura mesoamericana de Ricardo Martínez en México. Estas correspondencias amplían el campo de lectura sin restarle singularidad.
La muestra establece además un diálogo existencial con el poema “La última súplica”, incluido en Revenar (1936), donde la conciencia de la muerte se presenta como medida última de la vida. En esa misma línea se inscriben otras reflexiones artísticas sobre la finitud, como “Lo fatal” de Rubén Darío o la Sonata n.º 2 en si bemol menor de Frédéric Chopin, conocida como “Marcha fúnebre”.
La exposición en el Museo Calderón Guardia reúne una antología significativa de su obra, donde la mirada —capaz de atravesar el formato y proyectarse hacia la profundidad—, los gestos de las manos y la tensión de los cuerpos parecen anticipar climas de violencia y desasosiego que resuenan en la contemporaneidad. Sus figuras, con dedos afilados como presagios, interpelan la memoria histórica y la proyectan hacia el presente.

Visitar esta muestra en Barrio Escalante implica una pausa reflexiva sobre la vida cultural josefina actual. La obra de Jiménez Huete dialoga con la poesía, la música y la narrativa, evocando el quijongo como instrumento de pulso y resonancia, como metrónomo vital que mide el tiempo y resignifica la experiencia. Su pintura, su grabado, su escultura y su dibujo funcionan como cajas de resonancia de nuestras interioridades más profundas, aquellas que intentamos reconocer en los ojos de sus personajes, situados hoy más allá del borde final de nuestra propia rebeldía.
Referencias
Arce, Karla. (2015). Max Jiménez: rebeldía estética y ruptura de esquemas. Repertorio Americano, segunda nueva época, n.º 25, 129–137.
Chase, Alfonso. (citado en Arce, 2015).
Chopin, Frédéric. (1840). Sonata para piano n.º 2 en si bemol menor, Op. 35 (“Marcha fúnebre”).
Darío, Rubén. (1905). Cantos de vida y esperanza. Madrid: Tipografía de la Revista de Archivos.
Deleuze, Gilles, & Guattari, Félix. (1997). Mil mesetas: capitalismo y esquizofrenia. Valencia: Pre-Textos. (Obra original publicada en 1980).
Jiménez Huete, Max. (1936). Revenar. San José, Costa Rica.
Jiménez Huete, Max. (1928). Domador de pulgas. San José, Costa Rica.
Yourcenar, Marguerite. (1994). Memorias de Adriano (Traducción de Julio Cortázar). Barcelona: Salvat.
1 comentario
Exquisite trabajo de la filóloga, me hubiera quedado todo el resto del día leyendo y saboreando el anclaje de las parras, Me encantó, muchas gracias.