En la Mira del Horizonte y la Fractalidad
Autor(a): Luis Fernando Quirós Valverde · Follow // Tiempo de lectura 9 min
“El horizonte no siempre está al frente a veces esta a nuestros pies en lo que hacemos hoy, en lo que decidimos edificar, sin saber todavía a donde nos llevará”. Marianela Salgado (2026)
La exposición “Horizontes reversibles”, de la artista costarricense Marianela Salgado (1955), en Sala Umbral, Museo de Jade y la Cultura Precolombina, San José, Costa Rica, curada por la historiadora de arte Flor Gallardo, puede leerse como el umbral mismo donde la geografía física se disuelve para dar paso a una dimensión puramente temporal y psíquica.

Al ingresar a esta exposición, encuentro muchos textos, muchos pensamientos, mucho posicionamiento estético e ideológico en torno a la naturaleza, algunos con caligrafías a mano trazados con sensibilidad y carga afectiva a carboncillo sobre la pared, de los cuales la misma artista declara:
“Horizontes Reversibles nació de una necesidad muy personal de mirar el horizonte de otra manera. Descubrir que el horizonte no siempre está frente a nosotros; muchas veces se encuentra en nuestro interior, en aquello que cambia silenciosamente, en lo que parece frágil pero continúa respirando y resistiendo”.
Marianela Salgado (Texto de pared en la muestra, 2026)
Con esta reflexión la artista lo dice todo: al mirar los acrílicos con un logro técnico genuino y muy suyo, que lo he visto también en dibujos y en otras muestras como la realizada en 2017 “Prescindir” en la Galería Nacional, o “El tiempo en Blanco y negro” 2023 en el Centro Histórico José Figueres Ferrer, entre otras cuando devela que entrar a la muestra es como una sumersión en las aguas encabritadas del mar, anunciadas desde los primeros pasos del gran vestíbulo del Museo del Jade. Se nos fija desde ese espacio liminal con una idea del océano, de una estancia acuosa y ventosa quizás hasta inclemente ante el horizonte y que no es otra cosa que la existencia como la que experimentamos hoy, con todas sus vicisitudes y contingencias.

De inmediato y como me suele ocurrir, esa bienvenida me fijó en la intertextualidad literaria del verso de un poema del alejandrino Constantino Kavafis: “No hallarás otra tierra ni otra mar” (Mondatori 1998), o sea que al fin y cuentas no hay otro horizonte, y lo debemos asumir. La otra cita me fija en Blanchot, un personaje al cual acudo mucho en mis lecturas del arte actual, cuando “Tomás el oscuro” (Gallimard 1941) se detiene delante de los tantos oleajes de esta novela que trata la noción del tiempo (in)detenido que Marianela fija en sus “horizontes reversibles”.
El impacto visual logrado por esta artista al pintar las aguas u otras explanadas del entorno no tienen parangón en la pintura contemporánea costarricense, poseen una fuerza que se vuelve oleaje duro, marejada psíquica, pero también camino tortuoso, ventisca, adversidad, guerreo existencial cuando como hoy todos los preceptos parecen resquebrajarse en un planeta que fenece por tanta contaminación, y tanto dron y misil en guerras incomprensibles, de ahí esos calores excesivos que provocan incendios, o por el contrario heladas, terremotos, sequías, huracanes, deslaves como el recién ocurrido en Nepal, indicio que la Tierra está herida, pero sigue viva.

Estética de lo existencial
Al dar mi primer ojeada o recorrido a la sala, marcado por el ímpetu que inyecta en nuestra psique esta propuesta pictórica, yo no veo paisajes marinos ni pampas ni mesetas como es de esperar, y que está enunciado en el título. Mi lectura y mirada ancla en signos de distancias y geometrías abstractas, temporalidades atmosféricas o las del reloj (que son lineales y métricas propiciadas por el devenir), pero a mí, en particular, me ancla otra categoría de temporalidad: la del tiempo emocional, fractal de nociones de calidad, pero no de cantidad. O sea, las métricas se desvanecen como hemos presenciado en estos días con tanto desastre.
Yo diría que importa además referir a la neuro-estética al estar ante un estímulo armonioso o placentero como es visitar esta muestra o de detenernos ante el horizonte de Marianela, que activa los sistemas de recompensa del cerebro para volvernos más sensitivos y conscientes de que algo anda mal y se requiere corregir en el mundo. Genera una dilatación/contracción subjetiva del tiempo, provocando que nos sumerjamos en el presente para mejorar a toda costa la calidad de nuestra salud psicológica y emocional agredida por la realidad mundial.

¿Es esto lo que nos promete Nela al entrar a la sala y visitar el Museo hoy en día?
Desde el instante mismo de mirar aquel primer cuadro en el vestíbulo, no nos desilusiona, ya metido en las aguas de la interpretación del arte, moverse delante de cada pintura nos pone ante la dicotomía de un horizonte que no está fuera, está dentro de cada uno de nosotros los espectadores y que es asediado por la política, los sistemas de información y comunicación, y la arbitrariedad de un anticristo que se cree dueño de todo.
A través de una rigurosa propuesta en pintura acrílica sobre lienzo, la pintora desafía la concepción del paisaje y nos enfrenta a un fenómeno que dialoga de forma directa con la literatura del absoluto, el pensamiento crítico, pero también del absurdo.

Está lectura ancla en el tratamiento del lenguaje simbólico, en la elección del formato alargado y horizontal; está en las texturas que asemejan espumas o encajes de un ropaje íntimo de la mujer que es, a su vez, jerga anecdótica vista en casi toda la obra de esta artista nacida en 1955. Al inferir el año de nacimiento de la artista, me liga también a la “generación de la bisagra”, según el filósofo suizo Cal Jung, su eje corporal se mueve en dos batientes que representan grandes acontecimientos sociales y culturales que marcaron a las personas que nacieron en este lapso (1945-1965). Refiere a quienes en nuestra infancia y adolescencia sentimos los estertores de la segunda guerra mundial; la bomba de Hiroshima, pero a la vez, la llegada de la televisión y el alunizaje del hombre en la Luna, y ¿por qué no citarlo también?, aquella época de la paz y amor que nos marcó a la juventud de aquellos años y que provocó una gran (trans)formación en el mundo, en tanto esos jóvenes se oponían a la guerra y ampliaron el horizonte cultural de la humanidad con el sentido de resistencia y resiliencia.
La experiencia radical de pararse frente al mar, contemplar el horizonte y ser absorbido por la fijeza de este tiempo neutro que vivenciamos hoy, es una experiencia única y conmovedora. No refiero al tiempo cronológico que avanza, sino un tiempo fractal, suspendido, donde el pasado, el presente y el porvenir coexisten en una misma superficie que Nela colma de indicios del entorno, pero que ahí hay algo más que paisajes; hay signos de la “sinfonía del Caos”, vivenciamos el vórtice, la ley de la influencia sutil, entre otras, que pueden ser antídotos esperanzadores ante los desastres. Pero también, que en mi caso personal con frecuencia refiero a caminos, a rutas, a cartografías, a bordes porosos que marcan un nuevo incicio. Como en las páginas de los referentes literarios citados, el horizonte de esta pintora es el lugar de una espera infinita, un vacío paradójicamente pleno que nos atrae como un agujero negro en el Cosmos con la fuerza de lo inaprensible.
En esa aparente quietud de la línea del horizonte que ella define como reversible, es donde estalla la paradoja. El acrílico, trabajado a partir de veladuras y texturas contrapuestas y de suma magnitud, logra capturar la dualidad de ese instante: por un lado, la inmovilidad del pensamiento que contempla; por el otro, la fuerza indómita del oleaje que revienta contra el límite de la tela y que parece salpicarnos a los espectadores. Ese oleaje no es solo agua; es la materia misma del tiempo chocando contra nuestra consciencia. Esto me lo ilumina el sumirme a esas acuosidades de un sondeo al algoritmo de la IA, que se ha vuelto como mi almohada en noches de insomnio.
Y aquí merece tener un detenimiento para referirnos a la connotación de “oleajes”, que en tanto nos lleva por los océanos del mundo y como ya dije también son caminos simbólicos o corrientes marinas que traspasan los océanos, cosa que también me evoca aquella canción de Omar Geles: “los “caminos” de la vida, no son como yo creía, no son los que yo esperaba.” Oleaje tanto como camino son sinónimos experiencia ignota pero asumida, “nadada”.

Intertextualidad
El inicio de la novela de Blanchot, “Thomas l'Obscur”, arranca precisamente con el personaje contemplando la inmensidad del mar (así me sentí yo al entrar al vestíbulo del museo). Aunque en la prosa mística y existencial de este autor la descripción trasciende el realismo tradicional, el pasaje inicial captura perfectamente esa atmósfera donde la inmensidad natural diluye la individualidad del ser humano: "Thomas se sentó y miró el mar. Durante algún tiempo permaneció inmóvil... Luego, cuando una ola más poderosa lo alcanzó, bajó por la arena inclinada y se deslizó entre las corrientes, que rápidamente lo sumergieron”.
El signo del mar no es solo un paisaje; funciona como un abismo; entonces, el horizonte es absoluto: El horizonte en la obra representa el límite de la existencia, el punto donde el ser humano deja de ser un individuo aislado y se funde con la nada o con el vacío. Es quizás una de las zonas de la muestra que más me engulle a sentir, a sentarme en una de aquellos asientos de la sala para contemplar, pues es uno de los grandes temas del arte de hoy que me amarran a interpretar, a consumirme a las aguas del arte, o como suele ser “la sinfonía del Caos”. Sin embargo, en la teoría de la Complejidad los límites son porosos, no son un final, marcan un nuevo inicio de ahí que son esperanzadores.
“Horizontes reversibles”
Volviendo a mi lectura de la muestra de Nela Salgado, es el devenir que insiste, que golpea y que nos recuerda que el horizonte que vemos afuera es el espejo o doble de esa línea que llevamos dentro; tal y como expresa en sus líneas de textos la autora, quien consigue que sus pinturas funcionen como esos fractales de los que hablaba el novelista francés: fragmentos que contienen la totalidad del espacio y del Ser. Ésta, repito, no es una muestra de paisajes, sino una cartografía de la intimidades de la memoria colectiva, un espacio donde el espectador, al igual que el personaje de esta novela referente, se dispone frente a los espumosos encajes del océano, se descubre a sí mismo siendo observado por la inmensidad.

Y aquí es donde esta metáfora o quizás más bien paradoja dicha de otra manera, potencia la culminación del recorrido por la muestra: es el horizonte que miramos el que también nos mira, evocando las teorías sociológicas de los sesenta y setenta del siglo pasado. Tan solo evoquemos una vez más el grabado de Escher de 1949 (circa), aquella mano que al dibujar se dibuja a sí misma. Es lo que hace que “Horizontes reversibles” sea una muestra verdaderamente perdurable pues no es solo la destreza técnica de Marianela Salgado con el acrílico, o su talento del dibujo profundo, sino su capacidad para consumar y consumir al espectador dentro de su propio argumento, de que explore sus discursos y sensibilidad. Importa entonces afirmar además que la exposición no se limita a ilustrar el concepto de la horizontalidad; como lo revela mi consulta a la IA: lo agota, lo estruja, lo vuelve absoluto y lo reclama como propio. Al salir de la sala, comprendemos que esa línea divisoria nunca estuvo realmente afuera, sino que se trata de un horizonte psicológico y simbólico que eclipsa, moldea y define el transcurso de nuestra propia existencia. Esta artista en plena madurez nos demuestra que el horizonte es, en última instancia, el reverso de nuestra propia mirada: un límite que no encierra, sino que nos expande hacia la inmensidad de lo que somos y que a diario nos cuestionamos. Porque qué fatalidad sería si sólo lo aceptamos como designio de Dios, y no nos cuestionamos su esencia, sería como aceptar la llegada del final del mundo.
La curadora Gallardo analiza, de la propuesta de Salgado, la naturaleza de estas mismas preguntas advertidas en el recorrido: “Y es a través de la pintura, que Salgado trata de contestar estas preguntas, pero no de forma contundente, sino planteando con cada cuadro una nueva interrogante: alcanzar el horizonte se convierte en su obsesión. Este horizonte que surge en sus piezas como una dicotomía: “A veces es promesa, otras veces espera, es futuro y pasado, pero también solidez y apoyo”. (Gallardo, 2026, texto de pared).
Con esto concluyo
El horizonte reversible de Marianela Salgado evoca un límite interno, y la actitud de residencia de entrar a esos oleajes que nos revuelcan hoy en día ante las marejadas del día a día, pero también son un signo del respeto que los humanos tenemos para con la naturaleza. Me recuerda dos anécdotas referidas al arte costarricense, la primera a una acuarela de Grace Herrera Amighetti, de los años diez titulada “Los vacacionistas”, pinta a un grupito de personas detenidas en la playa ante una ola gigante, con una atmósfera de cierta dosis de turbulencia y agresividad la cual parecía venirse sobre los bañistas. La otra proviene de las lecciones de historia del arte de don Paco Amighetti (tío de Grace), cuando hablaba del respeto que los orientales tienen por la naturaleza, la pintan enorme y sinuosa, simbolizando su poder y a un ser humano diminuto, detenido percibiendo la enormidad de aquella fuerza destructora que se les venía encima. En ambas visiones hay recato o respeto, me liga a la muestra que comento en tanto el horizonte, reversible o que intrinca con el juego dorso/reverso, va y viene en las direcciones cósmicas o en las escolleras de nuestra psique: está en frente, está atrás, arriba, abajo, a la derecha y a la izquierda, y por todo lo dicho, está en lo más profundo de nosotros mismos.