David Bogarín: La caída como proceso

David Bogarín: La caída como proceso

Autor: José Ortiz · Follow - Fotografías por Juan Tribaldos // Tiempo de lectura 4 min

 

Desde hace mucho aprendí que la gente llega al arte por caminos distintos: unos por herencia, otros por vocación, y algunos por una epifanía repentina que les abre los ojos a un mundo lleno de formas y colores. David Bogarín llegó por el skate. O, más precisamente, llegó por lo que el skate le enseñó sobre el fracaso: que intentar un truco cien veces sin lograrlo nunca es motivo para no volver a intentarlo. Ese principio, aprendido en las calles de La Loto 2 y San Cayetano, terminaría convirtiéndose años después en la columna vertebral de su obra pictórica.

Bogarín nació y creció en el sur de San José, en una infancia que describe como tranquila, de barrio, de calle. A los diez u once años un amigo le mostró el skateboarding, y esa tabla se convirtió, según cuenta, en el eje de toda su adolescencia. Pero mucho antes del skate ya había otra pasión abriéndose paso: el dibujo. Desde niño era "el que dibuja bien", el que copiaba imágenes y el que llenaba cuadernos.

Cuando terminó el Colegio llegó el momento de definir sobre su futuro. Bogarín estudió Arte y Comunicación Visual con énfasis en Pintura en la Universidad Nacional, a donde llegó casi por casualidad: entró pensando en Diseño Gráfico, pero al ver que Pintura era una opción algo hizo “clic” y decidió marcar esa opción: "Si entro, es porque me toca”. Y como es de esperar entró.

Sobre su paso por la academia guarda una relación ambivalente. La describe como un espacio valioso dónde aprendió sobre la historia del arte, sobre técnica, sobre herramientas digitales, pero también con aspectos no tan positivos, como una estructura rígida que no siempre sabe darle su lugar a expresiones artísticas que no se alinean con los cánones establecidos. Encajar en un sistema de evaluación pensado para calificar lo incalificable, dice, puede volverse frustrante. Curiosamente, fue esa misma formación multidisciplinaria la que con los años se convirtió en una base sólida que lo hizo más completo como creador.

Lejos del relato triunfal de "me gradúo y despego", Bogarín salió de la universidad y dejó de pintar por un par de años. La presión de sentirse evaluado, dice, lo llevaba a matar sus propias ideas antes de ejecutarlas. Fue recién durante la pandemia, con el tiempo forzado del encierro, que decidió retomar la pintura bajo sus propios términos: sin la mirada calificadora de la academia, organizada según su propia lógica mental.

Ahí, casi sin buscarlo, el skate regresó, esta vez no como práctica física, sino como método de trabajo. "Yo voy a patinar y gasto tres o cuatro horas tratando un truco que muchas veces no logro, y eso no me detiene de volver la semana siguiente", explica.

Trasladar esa resiliencia al lienzo se convirtió en el motor de una serie pictórica de casi tres años dedicada al skateboarding, no como escena urbana decorativa, sino como metáfora del fallo, del intento, de la caída como parte legítima de cualquier proceso.

Quien vea la obra en pintura de Bogarín y luego sus dibujos a lápiz o carboncillo notará un cambio de temperamento casi inmediato. Él mismo lo reconoce: es en el dibujo donde se siente más libre. Al quitar variables como el color, la textura y todo lo que ofrece el óleo, el trabajo se vuelve necesariamente más gestual, más directo. De ahí nace su serie más reciente de dibujos, un “spin-off” de la serie pictórica sobre skate, donde el foco ya no está en la caída sino en el movimiento, la síntesis de la figura: cuerpos monumentales, vigorosos, que capturan el instante de fuerza antes o después del salto.

Esa monumentalidad tiene un costo simbólico: la obra que nace de lo urbano suele clasificarse de entrada como un arte "alternativo" o menor, cuando en realidad todo artista pinta su contexto. El interés de Bogarín es justamente demostrar que un tema nacido en la calle puede sostenerse con un abordaje plenamente académico, sin perder la fuerza de donde viene.

Vale aclarar que su ámbito no es el muralismo ni el grafiti, terrenos que respeta, pero que no ha explorado como parte de este proceso. Su método es más introspectivo: encierro, corrección, pensamiento, antes que intervención del espacio público.

Su primera incursión en la escena artística fue en el Salón Nacional 2022, con una pieza completamente ajena a la temática del skate: un hombre tirado sobre unas sillas rojas.

Esa pieza Bogarín trata simbólicamente “la dinámica del círculo familiar en su función más básica, como estructura de apoyo de un individuo”. Las sillas adquieren un papel fundamental, las utiliza como símbolo de la dualidad entre la presencia y la ausencia de una o varias personas. Esta línea difusa entre lo que hay y lo que podría ser, lo que funciona y lo que podría funcionar es lo David busca exaltar.

En los últimos meses, Bogarín ha entrado en una etapa distinta: la de construir la estructura profesional alrededor de su obra. Sitio web nuevo, producción audiovisual, una identidad visual renovada. No se trata de vanidad, dice, sino de tomarse en serio a sí mismo: si el propio artista no le da valor a su trabajo, si no lo organiza, lo documenta, le pone precio, nadie más lo hará por él.

Ese proceso de profesionalización coincide con un nuevo capítulo: Bogarín se prepara para viajar a España a cursar una maestría, con la intención, en sus palabras, de "probar suerte" en un contexto distinto.

Al final, la conversación con David Bogarín no es sobre skate ni sobre pintura: es sobre lo que se hace con la caída. No evitarla. No corregirla de inmediato. Quedarse ahí el tiempo suficiente para entender qué tiene para enseñar. Según David, con 36 años el cuerpo no aguanta tantos golpes sobre una tabla. La obra, en cambio, apenas empieza a mostrar de qué está hecha.


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1 comentario

Excelente reflexión sobre este arte que me toma mi conciencia crítica y los deseos de saber más de su autor

Luis Quiros Valverde

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